Hubo un tiempo en que tener un Xbox y tener un PlayStation significaba que tú y tu mejor amigo simplemente no podían jugar juntos. No porque ambos no tuvieran el mismo juego, sino porque las compañías habían decidido que sus jugadores no podían encontrarse.

Todo cambió cuando Epic Games comenzó a empujar lo que hoy conocemos como cross-play: la posibilidad de que un jugador de Xbox pudiera compartir la misma partida con otro de PlayStation, Nintendo, PC e incluso celulares. Comenzó con Fortnite y, aunque al principio parecía imposible, terminó convirtiéndose en uno de los cambios más importantes en la historia de los videojuegos.

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Lo interesante es que el cross-play nunca hizo que Xbox y PlayStation dejaran de competir. Lo único que desapareció fue una barrera que no le aportaba nada al jugador.

Esta semana, me dio un déjà vu cuando leí que Apple confirmó que está trabajando en una función para sincronizar el clipboard (copy/paste) entre un iPhone y una PC con Windows.

Mientras leía esa noticia, me acordé de otra: Samsung ya logró que un usuario de Galaxy pueda compartir archivos con un iPhone como si fuera AirDrop, eliminando la necesidad de recurrir al clásico “pásamelo por WhatsApp”. Cuando juntas ambas noticias, te das cuenta de que está pasando algo mucho más grande.

No creo que Apple, Samsung o Microsoft hayan cambiado su forma de pensar. Todos siguen apostando a que compres más productos de su marca porque, juntos, ofrecen la mejor experiencia dentro de su ecosistema. Eso no va a cambiar.

Lo que está cambiando es la forma en que están manejando esas fricciones innecesarias que sus consumidores llevan años sintiendo.

Y no está pasando solamente con celulares. En 2023, Tesla comenzó a abrir su red de Superchargers para que vehículos de otras marcas también pudieran utilizarlos. Apple, Google, Amazon y Samsung también se pusieron de acuerdo con Matter para que dispositivos del hogar inteligente puedan entenderse entre sí.

Cuando uno mira todo eso junto, el patrón es bastante claro.

Los ecosistemas siguen existiendo y seguirán siendo importantes. Pero abrir ciertas puertas no los hace más débiles; los hace más útiles. Compartir un archivo entre distintas marcas, sincronizar el clipboard o hacer que dispositivos de diferentes fabricantes puedan entenderse no le quita identidad a una plataforma. Simplemente elimina barreras que nunca debieron existir.

Quizás esa sea la verdadera lección que Fortnite le dio a la tecnología. El cross-play no eliminó la competencia entre Xbox y PlayStation. Lo que demostró fue que colaborar en las cosas correctas también puede convertirse en una ventaja competitiva. Y me da la impresión de que el resto de la industria tecnológica finalmente está empezando a entenderlo.