¿Qué pasa con los cuerpos sin identificar?: La misión del Instituto de Ciencias Forenses
Tras una jornada histórica de recolección de ADN en Bayamón y Mayagüez para rastrear personas desaparecidas, científicas buscan rescatar identidades del anonimato.

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Cuatro cuerpos yacen en las neveras del Instituto de Ciencias Forenses (ICF) en uno de los silencios más amargos que conoce la condición humana: el no tener nombre.
En lo que va de año, 494 personas fallecidas han llegado a la institución sin una identidad definida.
Antes de recuperarla –en días o décadas–, un cuerpo puede llegar a ser muchas cosas.
Cuando no se conoce nada sobre él, es un “John Doe”, si es masculino, o “Jane Doe”, si es femenino.
También puede ser un Conocido Por (CP), alguien de quien los vecinos solo sabían dónde vivía, con quién se relacionaba, su apodo o un nombre huérfano de apellidos.
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Y, en ocasiones, ese fallecido es una persona desaparecida cuyos seres queridos aún le esperan.
“En los viejos tiempos”, recuerda la doctora María Conte Miller, directora del ICF, cuando llegaba una boleta del fiscal rotulada con “John Doe” o CP, el cuerpo aguardaba en la frialdad hasta que algún pariente apareciera.
“Ahora no”, asegura. “Nosotros, proactivamente, los buscamos a ellos”.
Desde agosto de 2024, cuatro científicas –dos antropólogas y dos entrevistadoras– tienen como misión devolverles sus nombres para sacarlos del limbo en el que se encuentran. Son la Unidad de Identificación Humana (UIH).
Para lograrlo, necesitan reconstruir su historia a partir de lo que queda: una dirección, una huella, una placa o, cuando es necesario, una muestra de ADN.
“Trabajamos todo tipo de casos, específicamente los no visuales, que requieren de un método científico porque, debido a las circunstancias, un familiar no puede identificarlo a través de una foto”, explica la antropóloga forense Meisshialette Ortiz Quiñones, directora de la Unidad.

Esperanza en 72 muestras de ADN
Todo este esfuerzo silencioso cobró visibilidad cuando el ICF, junto a la Policía de Puerto Rico, celebró a finales de agosto el primer Día de las Personas Desaparecidas.
Cualquier familiar que desconociera el paradero de un ser querido podía llegar a Bayamón o Mayagüez para ser entrevistado y donar una muestra de ADN que ayudaría a encontrarlo, vivo o muerto, en Puerto Rico u otras partes del mundo.
Fueron entrevistados 91 familiares: 56 en Bayamón y 35 en Mayagüez. Además, recolectaron 72 muestras de material biológico.
“Quedé muy sorprendida”, confiesa Conte Miller. “Ha sido uno de los eventos de mayor concurrencia a nivel de las jurisdicciones”.
La Unidad trabaja en completar los expedientes para enviar las muestras al Sistema Nacional de Personas Desaparecidas y No Identificadas (NamUs, en inglés), del Departamento de Justicia de Estados Unidos.
Aunque el ICF cuenta con los equipos y la pericia para analizar ADN en 72 horas –o una semana tras las obligadas revisiones periciales–, “estas pruebas son muy costosas”, admite la jefa del ICF. “NamUs las está haciendo de manera gratuita, ad honorem”.
No hay, por ahora, una fecha para conocer esos resultados. Dependerá del flujo de trabajo y las condiciones en las que se encuentre cada muestra.

Reconstruir una identidad
Pero en Puerto Rico, la UIH continúa investigando cada caso.
Si bien el ADN puede parecer el método más efectivo, hoy es la última opción.
Durante años, todos los CP que llegaban se enviaban a análisis de ADN. Sin embargo, “atrasaba muchísimo el proceso de identificación”, detalla Conte Miller, porque en aquellos tiempos podía durar meses.
Les era más fácil, por ejemplo, visitar el barrio donde vivía, hacer una investigación de campo sencilla y, “con eso, era suficiente”.
Así que cambiaron el protocolo, lo que “ayudó muchísimo a establecer más rápidamente la identidad de muchas personas”.
Ahora, las huellas dactilares son el primer paso. Mediante fotografías, las comparan con bases de datos estatales y federales, con ayuda del Buró Federal de Investigaciones (FBI, en inglés).
“No hay que depender de la muestra de ADN de un familiar”, apunta Ortiz Quiñones.
Este método les ha ayudado, incluso, a darle nombre a un cuerpo calcinado.
“En todos los años que llevo en esta profesión, nunca había oído que se pudiera lograr eso”, resalta la patóloga, quien carga casi cuatro décadas bregando con la muerte en el país.
Si la dactiloscopia no encuentra un match, las antropólogas forenses pasan a los huesos. Solicitan expedientes dentales, buscan si a la persona le hicieron una radiografía en algún hospital del país o, recientemente, también exploran la posibilidad de que le hayan hecho una tomografía computarizada (CT scan).

459 nombres en lo que va de año
Todas estas tecnologías ayudan a que, cada año, el ICF identifique cerca del 90% de los casos.
Hasta el pasado 8 de septiembre, el Instituto había logrado ponerle nombre y apellido a 208 de los 224 John y Jane Doe recibidos en 2026.
Mientras, de los 270 CP que han llegado, han arrancado del olvido a 251 personas.
De los cuerpos encontrados e identificados este año, 47 no han sido reclamados. De ellos, 21 permanecen a 38 grados Fahrenheit en el Instituto.
La UIH también ha ido resolviendo casos previos. El más antiguo en recibir un nombre data de 1993.
Si bien los John y Jane Doe han mermado tras alcanzar en 2017 un pico de 961 cuerpos debido al devastador huracán María, “los casos no visuales van a seguir en alza mientras sigan aumentando las temperaturas”, pronostica Ortiz Quiñones. “Se ha visto un alza en casos con un proceso de descomposición avanzado”.
Recientemente, cuenta Conte Miller, examinó un caso en el que una madre, tras dos días sin ver a su hijo, lo que encontró fue su cráneo.
“No tenía tejido blando en la cabeza”, precisa. “Era, prácticamente, una osamenta en dos días”.
Ante la crisis de soledad en la que viven muchos adultos mayores en el país y con una sociedad desgarrada por la emigración, la cifra de cuerpos sin identificar y reclamar podría aumentar.
Actualmente, 332 muertos en Puerto Rico permanecen en el anonimato y a 353 –aunque identificados– ningún familiar se ha acercado a procurarlos, según datos de NamUs.
La gran mayoría de esos cuerpos no están guardados en las literas metálicas de alguno de los tres cuartos refrigerados que tiene el ICF.
La ley estipula que, si los restos no son reclamados en 10 días, se puede disponer de ellos. Antes, mediante enterramiento individual; hoy, por cremación.
Previo, los especialistas toman muestras de ADN, placas dentales o radiografías que ayudan a continuar la investigación para su posible identificación.
Sin embargo, el Instituto no siempre cumple el plazo. Si existe la posibilidad de identificarlos o los familiares están gestionando trámites, no tienen dinero o esperan a que algún pariente viaje hasta el archipiélago, pueden esperar “más tiempo”, dice Conte Miller.
Desconocimiento al buscar un ser querido
La actividad en Mayagüez evidenció el desconocimiento que existe en la zona sobre cómo buscar a un ser querido desaparecido.
“Muchas de esas personas, adultos mayores, que no tienen transportación, nunca habían sido orientados por el Instituto, desconocían el proceso y no habían hecho ni querella”, señala Ortiz Quiñones. “Muchas ni siquiera habían hecho un intento y era por el desconocimiento”.
Uno de esos casos data de los años 90. El familiar llevó una foto publicada en un periódico de la época. Allí, por primera vez, le entrevistaron y le recolectaron el ADN. Fue el caso más antiguo para el que obtuvieron una muestra durante la actividad.
“La Policía iba a intentar buscar el expediente físico, a ver si encontraban la querella; si no, se la iban a crear”, afirma la jefa de la UIH.
El ICF cuenta con una oficina en Mayagüez donde pueden realizar gran parte de los procedimientos. En muchas ocasiones no es necesario el traslado a San Juan.
“Cada persona merece ser encontrada”
Entre las decenas de historias que se conocieron durante la actividad, hubo una que reconfortó el corazón de las profesionales.
Se trataba de una madre y una tía. Su hijo había estado desaparecido durante tres años. Pero ellas no fueron para donar su ADN ni para brindar información nueva.
Días antes, a través de un CT scan de cabeza, Ortiz Quiñones había logrado rescatar la identidad de una osamenta. Pertenecía al hijo perdido.
“Llegaron, simplemente, para conocernos y agradecernos por la labor que hacemos”, relata la antropóloga forense. “Pudieron cerrar ese ciclo”.
Pero lograr que un cuerpo pase de ser un número a tener un nombre propio “es un sentimiento agridulce”, reconoce Conte Miller. “Es la satisfacción del deber cumplido, pero también es tener que dar una mala noticia”.
“Es un trabajo difícil”, reitera Ortiz Quiñones.
Y es que, en ocasiones, se trata de familiares que llevan años viviendo en la incertidumbre. Algunos con la esperanza de que algún día esa persona que tanto aman y extrañan entre por la puerta de sus hogares; otros solo quieren saber, al menos, qué ocurrió con su ser amado.
“Cada caso es importante”, puntualiza la directora de la UIH. “Cada persona merece ser encontrada. Y vamos a trabajar sin descanso para eso”.


