Estados Unidos negocia en secreto con el nieto de Raúl Castro
Publicación afirma que Washington busca su ‘Delcy Rodríguez’ en Cuba.

PUBLICIDAD
Como parte de su campaña de máxima presión contra el régimen comunista en Cuba, la administración de Donald Trump estaría actualmente en negociaciones secretas con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, quien estaría a cargo del cuidado de este exlíder y hermano del mítico Fidel.
Los contactos, según información del portal Axios, los estaría adelantando el propio secretario de Estado, Marco Rubio, quien ve en Castro al verdadero hombre tras el poder en la isla.
La información, confirmada por altos miembros de la administración de Donald Trump, es importante, pues implica que Estados Unidos se estaría “saltando” al actual gobierno que encabeza Miguel Díaz-Canel y apostando a una nueva generación como el camino para una transición en la Habana.
Relacionadas
Tras Venezuela, todo indica que los ojos de Donald Trump se han posado firmemente sobre esta nación caribeña.
Y si algo sugieren estos contactos reservados es que la estrategia está siguiendo un libreto similar al que desembocó en la caída de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero. Presión máxima por un lado y, por el otro, conversaciones discretas con figuras del círculo íntimo del poder para diseñar el “día después”.
En este caso, uno de esos interlocutores podría ser Rodríguez Castro, conocido como ‘Raulito’ y apodado ‘El Cangrejo’, y durante años parte del anillo más cercano de seguridad y confianza del exmandatario.
A sus 41 años, Rodríguez Castro no solo es su cuidador, sino que también mantiene vínculos con el conglomerado empresarial militar Gaesa, el corazón económico del régimen.
Fuentes citadas por Axios describen a Rodríguez Castro como un empresario joven, más pragmático que ideológico, que encarna a una generación de cubanos que ha visto fracasar el modelo revolucionario y entiende la urgencia de algún tipo de apertura.
En la lógica de Rubio, sería una figura capaz de tender puentes hacia una transición negociada, preservando ciertos equilibrios internos mientras se desmontan las estructuras más rígidas del sistema.
Un escenario que recuerda a la caída de Maduro
El paralelismo con Venezuela es inevitable. Antes de la operación que terminó con la captura y la extradición de Maduro, la administración Trump ya había establecido contactos con miembros del círculo chavista.
Finalmente, Washington optó por no desmantelar por completo el aparato de poder y dejó en funciones a Delcy Rodríguez, hoy líder encargada.
El mensaje a los remanentes fue que Estados Unidos estaba dispuesto a negociar con figuras dentro del régimen si estas facilitaban un cambio mayor.
De ahí que en Cuba algunos analistas hablen de que Washington estaría “buscando su Delcy”.
Es decir, una figura interna que permita una transición controlada, evitando el vacío de poder y los errores cometidos en otros escenarios, como en Irak en 2003, cuando se desmanteló por completo la estructura tras el derrocamiento de Saddam Hussein, lo que provocó la desestabilización total del país.
El contexto en la isla, además, es dramático. Tras más de seis décadas de sanciones y una gestión económica fallida, Cuba atraviesa una de sus peores crisis. La red eléctrica colapsa con frecuencia, los hospitales limitan cirugías, la escasez de alimentos y combustible se ha vuelto crónica y el turismo, uno de los pocos salvavidas financieros, sigue en caída libre.
La situación se agravó tras la salida de Maduro, cuyo petróleo subsidiado era vital para La Habana.
Trump ya ha impuesto nuevas sanciones y ha amenazado con castigar a otros proveedores energéticos de la isla. La presión económica se combina con el mensaje militar implícito tras la operación en Caracas, que demostró la capacidad de Washington para actuar con rapidez y superioridad tecnológica.
Cuba, un asunto de máxima prioridad
Sin embargo, la apuesta es compleja. A diferencia de Venezuela, Cuba no cuenta con una oposición estructurada y visible con capacidad para asumir el poder. El aparato del Partido Comunista es más compacto y el control social más extendido.
Además, la animadversión histórica entre los sectores duros de Miami y La Habana complica cualquier arreglo que implique dejar en la isla, y eventualmente impunes, a miembros de la familia Castro.
De hecho, la semana pasada, un grupo de congresistas republicanos cubanoamericanos de Florida pidió formalmente al presidente que abra un proceso penal contra Raúl Castro por el derribo, en 1996, de las avionetas de la organización Hermanos al Rescate, en el que murieron cuatro personas.
La administración no ha respondido, pero un encausamiento de esa naturaleza elevaría dramáticamente la presión y podría allanar el camino para una eventual “extracción” o para forzar concesiones de la familia Castro.
El régimen cubano, por su parte, ya ha desmentido supuestos acercamientos, en particular rumores de contactos con Alejandro Castro Espín, otro miembro influyente del clan.
En una declaración reciente aseguró que no existe diálogo de alto nivel con Washington y que, en todo caso, solo ha habido intercambios de mensajes. El Departamento de Estado, por lo pronto, ha evitado confirmar o desmentir las conversaciones con Rodríguez Castro.
La clave está en que Washington estaría deliberadamente ignorando a Díaz-Canel, el presidente formal, al considerarlo un “apparatchik” (aparato del comunismo) incapaz de mirar más allá de un régimen socialista y sin margen real de maniobra.
Trump, no obstante, aún no habría tomado una decisión definitiva. Como hizo con Venezuela, ha encargado a Rubio la tarea de presentar opciones mientras concentra su atención en frentes más urgentes como Irán o Ucrania.
Pero sus propias palabras dejan entrever la intención. “Cuba es ahora mismo una nación fallida. Estamos hablando con Cuba… y deberían hacer un trato”, dijo recientemente.
Si ese trato se traduce en conversaciones discretas con el nieto del hombre que gobernó la isla durante más de una década, podría marcar el inicio de una nueva etapa.
Además, para Rubio, hijo de exiliados cubanos, el tema es de máxima prioridad y ocupa un lugar destacado en su agenda.
La pregunta es si se tratará de una transición pactada que preserve parte del viejo orden o del preludio de una confrontación más abierta. Lo que parece claro es que, tras Caracas, La Habana ha entrado de lleno en el radar estratégico de la Casa Blanca.

