Hay palabras que pueden causar más daño que una bala, una bomba o un terremoto.

No hay poder más grande sobre la faz de la tierra que una idea verbalizada, un pensamiento divulgado, un sentimiento expresado.

Quienes han sabido usar la palabra con eficacia destructiva, han provocado guerras, sufrimiento y muertes a niveles insospechados. Las ideas mencionadas en tarimas o expresadas por escrito han causado revoluciones, ya sean violentas o pacíficas, que han cambiado el rumbo de la historia.

La palabra bien usada es capaz de enamorar. Todos hemos oído hablar de “la labia”, esa destreza de algunos de cautivar con su manera de hablar. La letra de una canción de amor, el verso de un poema, el piropo en una noche romántica son dardos que provocan, que enloquecen.

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Por otro lado, una frase mal dicha, un odio manifestado, un insulto despiadado pueden causar rupturas y heridas que jamás sanarán.

La enseñanza de un maestro, la sabiduría de una educadora, el consejo de un padre, las palabras dulces de una madre forjan el rumbo de un niño y lo encaminan hacia su futuro.

El diagnóstico de un médico, dicho con empatía, es el comienzo del proceso sanador. Las palabras frías, sin sensibilidad, sin considerar sus efectos en la psiquis de un paciente causan lo contrario, destruyen las esperanzas y condenan su recuperación.

Las promesas huecas de un político que no coinciden con sus acciones debilitan la credibilidad de otros que prometen con genuina verdad.

Las palabras persuasivas y estratégicas de una vendedora pueden hacer la diferencia entre un cliente que compra un producto y otro que se va con las manos vacías.

La cortesía de un empleado, expresada a través de su boca y sus gestos, puede crear lealtad por una marca. La antipatía de otro, carente de educación y modales, nos alejan para nunca volver.

El buen sermón de un religioso es capaz de provocar reflexión y cambio de actitudes entre sus feligreses.

El rumor propagado tiene la capacidad de acabar con la reputación de un inocente. Las mentiras corrompen la confianza y destruyen la credibilidad.

La primera palabra de un bebé, ese primer ‘papá’ o ‘mamá’, produce una alegría incapaz de medirse; las últimas palabras de un ser querido, antes de morir, rompen el corazón en mil pedazos.

Entre nosotros habitan las palabras que se inmortalizaron y cambiaron el mundo. La historia tiene muchas de estas. “Tengo un sueño”, de Martin Luther King; “Haz el amor, no la guerra”, de John Lennon; “La medida del amor es amar sin medida”, de san Agustín; “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”, de Mahatma Gandhi.

Los mensajes ante un ejército, antes de entrar en batalla, pueden inspirar a sus soldados y hacer la diferencia entre la victoria y la derrota.

Y están aquellas palabras que quisieras nunca haber dicho. Esas que salieron por tu boca más rápido de lo que tu mente pudiera haberlas pensado. Expresiones que acabaron con algo querido. Decía Aristóteles que “El sabio no dice nunca todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice”.

Luego, están aquellas otras palabras que pudiste haber dicho y nunca dijiste. Las que el orgullo te impidió pronunciar. Puede que aún estés a tiempo.

Reconoce el poder de tus palabras. Son unas armas tan poderosas que cargarás con ellas en todo lugar, en todo momento.

Recuerda: serás esclavo de lo que digas y dueño de lo que callas.

Como cualquier arma, aprende a usarla. No dispares las palabras a lo loco.

Usa cada una de ellas para construir, no para destruir...