Pues mire usted, a juzgar por lo que recibimos de los medios, a los grandes cerebros del mundo se les dificulta ponerse de acuerdo para resolver las situaciones importantes y terribles que nos afectan a todos en el planeta Tierra.

¡Qué cosa, ah!, tanta inteligencia, tanta brillantez, tanta intelectualidad y nadita de nada. Pero resulta que hay otros, otros cerebros quiero decir, que se dedican a asuntos diferentes y logran conectar, reunirse -me los imagino en una mesa preciosa, ovalada, moderna- y llegar a conclusiones que para ellos son de vital importancia, aunque a nosotros nos parezcan inocentonas y livianas.

Imagínese, un cónclave reciente decidió que el color que regirá nuestras vidas en este nuevo año es el peach. Sí, señoras y señores, el melocotón suave y aterciopelado -según lo describen- reinará en el 2024. Se los juro.

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“Buscábamos una tonalidad que expresara nuestro deseo innato de cercanía y conexión”, sentenció una cachanchana en un tono tan serio como el que requiere el tema de la paz mundial. La señora, presidenta de un instituto muy fabu, informó la decisión de que el peach es el que es. O sea, que es el color para casas, cojines, paredes, muebles, sábanas, toallas y toda clase de avechuchos. Acá entre nos, mi inteligencia medianita no entiende eso de la cercanía y conexión, porque a mí me suena a unidad y a paz, no a colores y mucho menos al melocotón.

El asunto me recuerda aquella combinación nefasta de peach y verde menta que hace unos 30 años inundó baños -losas, cortinas, y adornos- camas, cunas y cuanto artefacto podamos imaginar. Hasta en la ropa se vio. Y como somos muy de moda y follón, allá iba Reymundo y to’ el mundo a pintar, comprar y combinar el melocotón con el desabrido verde menta. ¡Santo Cristo! Si no, no estabas en nada. Así que todos ahí, como las reses, todos juntos ya (como decía la canción) y a tirarse por el mismo risco.

La individualidad es un valor escaso. Quien decide no seguir la manada es marcado y criticado. Ser genuino y diferente pasa factura cuando debería cosechar aplausos.

Siguiendo con el ejemplo de los colores, recuerdo una casa aquí cerquita perfectamente pintada de negro con acentos blancos. Toparse de frente con ella provocaba un estruendoso shock en el estómago y hasta en el corazón.

Pero ojo, que estaba perfectamente pintada, ahí no había chivos ni chapucerías.

Pues a los habitantes de esa casa les parecía perfecta y tan bonita como a mí la mía, que estaba de blanco y gris, combinación que seguramente a ellos les parecía un desastre, aburrida e insípida. Ellos se sentían a gusto, pensaban que su casa era la más bella, la macaracachimba de las casas. Y aunque el ejemplo es tan sonso como lo del cónclave para elegir el peach, sirve para ilustrar, precisamente, sobre la individualidad, el ejercer el derecho a pensar, opinar, expresarse, vestirse y accionar como entienda pertinente, sin ataduras, sin moldes. Claro está, la individualidad no debe llevarse a nadie por delante. No debe ofender, aplastar, humillar o molestar a quien piense, opine, se exprese, se vista y accione diferente. Se trata de respetar. ¿Suena sencillo, verdad? Pues, a muchos les resulta tan difícil como la más dura clase de matemáticas.

El 2024 nos presenta una fantástica oportunidad de respetar la individualidad. Bastante falta que nos hace aprender a mordernos la lengua y reconocer a los demás, aunque los veamos de pies a cabeza de peach. De peach con verde menta.