Esta es la quebrada milenaria que esconde San Lorenzo
Además de su belleza natural, las piedras de Quebrada Blanca aún guardan petroglifos milenarios.
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San Lorenzo. Entre las curvas que conducían al cuerpo de agua, un niño salió corriendo de su casa. Las puertas y ventanas estaban todas abiertas, y desde la calle se veían sus juguetes esparcidos por la sala. Jugaba y saltaba solo, en su mundo imaginario.
De camino, una señora degustaba una golosina, mientras observaba casualmente las montañas húmedas del este central de nuestro archipiélago. Aún sin introducción, los vecinos sonreían y daban la bienvenida.
Los samaritanos que residen aledaños a la carretera PR-181, específicamente por el kilómetro 26.1, reconocen que a pocos pasos de sus casas se ubica una joya ancestral. Saben que es un lugar codiciado.
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Se trata de la Quebrada Blanca de San Lorenzo, que alimenta el río más caudaloso de Puerto Rico.
“¿Pensabas que San Lorenzo era solo Chayanne?”, cuestionan los llamados “influencers” en sus publicaciones al describir el lugar.
Es más que un lugar para aplacar las intensas temperaturas de verano. En sus piedras se guardan los rastros de los ostionoides. Hay paz entre sus aguas cálidas y su arena áspera. El aire es más fresco que el que sopla en los pueblos limítrofes.
Petroglifos y lluvia
Hace más de mil años, la cultura ostionoide nos dejó arte en esas piedras, al plasmar las “caritas” que los distinguían en los peñones blancos que rodean el cuerpo de agua milenario. Allí hay más de una decena de petroglifos, por lo que fue campo de estudio para arqueólogos como Irving Rouse (1936), Antonio Daubón (1983), Pedro Alvarado (1999) y Leyla Comulada (2007).
Una cortina de bambúes da la bienvenida a quien se aventure a encontrar la quebrada. Un camino estrecho, vigilado por los vecinos, conduce inmediatamente a las aguas. Fuera de ese sendero, hendiduras empinadas rodean la quebrada, dando a entender que el cuerpo de agua es de difícil acceso.
Entre los peñones, arañitas tejen, patos nadan y las palmas, preñadas de cocos, bailan. Bajo la sombra de los restos de un puente deteriorado, se escucha el balar de las cabras y el ladrido de los perros.
Quebrada abajo se puede topar con el elemento más práctico y moderno del lugar: un medidor de lluvia.
En el área está un pluviómetro del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), integrado al Sistema Automatizado de Datos Hidrometeorológicos de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA, en inglés).
Si bien es cierto que no es la parte más atractiva de la quebrada, puede que conozcas a los residentes de cuatro patas que allí juegan e invitan a los visitantes a nadar como ellos.
Las piedras y las huellas permanecerán otros miles de años. La erosión podría crear una Quebrada Blanca distinta. No lo sabremos.
Pero lo que es seguro es que lo que hoy se utiliza para medir la lluvia y aquel puente cuyos restos actualmente se oxidan darán indicios a las futuras generaciones de quiénes fuimos. Será de esta comunidad afable y sanlorenceña, guardiana de la quebrada, de la que se hablará.


