El Lago Carite y el pueblo fantasma a sus orillas en Guayama
Mezcla belleza natural con vestigios de un antiguo desarrollo turístico hoy marcado por el abandono.
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Guayama. El chapoteo de las aguas parecía intensificarse con mi llegada. Las pequeñas olas que obedecían al viento habrían contado la historia de los esqueletos que me rodeaban a mis espaldas.
Tal vez habrían revelado qué músico abandonó su teclado que ahora, de sus bocinas, crecen pequeños matorrales. Habrían recordado los manjares que se servían en las mesas, de las que solo restan pedazos desnivelados de madera y las botellas de licor vacías y amarillentas que alguna vez fueron colocadas sobre ellas.
A lo lejos se escuchaba la célebre voz de “El Jíbaro”, seguida por varios himnos nacionales de El Gran Combo y Tony Croatto, pues a unas millas, en esas casas, sí hay vida.
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“Paraíso frente a un lago” y “varias cabañas perfectas para parejas o grupos que buscan relajarse y disfrutar de la naturaleza, la pesca, el kayak y la vida al aire libre”. Así leen las promociones para atraer a visitantes a esas casonas alrededor del Lago Carite que se ubica en el Bosque del mismo nombre que Guayama comparte con Patillas, alucina.
Llegué a las orillas del cuerpo de agua envuelta del calor de un soleado día de junio. Dejé mi vehículo, que tiene una que otra luz hostigadora encendida en el volante, estacionado en un rinconcito de la carretera, justo al lado de los cimientos de un lugar que quizás fue una casa u oficina. No sabré.
Estaba en un terraplén más elevado, desde donde descubrí una piscina cuyas aguas verdosas apenas se movían. La vegetación arropa los escalones que conducían a ella.
Me invitaba el camino que atraviesa lo que alguna vez eran las Villas del Lago Carite. Aún tenía marcas de vehículos utilizados para llegar a lo que se puede asumir eran casas, que habían sucumbido al abandono.
Como las sirenas de Homero, trinaban las aves. Aleteaban entre pinos, palmas y flores. Los coquíes que se escondían bajo las hojas y las sombras anticipaban la noche. En ese entorno forestal, el aire se enfrió y ocultó al sol feroz.
Pasé por los cuartos del hogar de alguien, cuya base está sin dueño. No tenía techo y las losas, con diseños pulcros, se ocultan entre la tierra suelta.
Ahí conocí al embalse centenario. Su propósito primario, hoy día, es nulo. Ya no genera agua para centrales eléctricas, sino para riego a las llanuras costeras del sureste de Puerto Rico mediante los canales este y oeste de Guamaní.
Esas aguas utilitarias me sedujeron. No quería despegar la vista de las olas ni dejar de sentir el viento que me acariciaba. No me quería ir.
El Lago Carite se presta para la pesca recreativa y para estadías en Airbnb con “impresionantes vistas”. A sus alrededores hay restaurantes de comida típica, atractivos también guayameses.
Es de fácil acceso. El viaje para los residentes de la metro de la Isla es de tan solo una hora; una hora y media, como largo.
Pero el Lago también es para quienes romantizan las incógnitas, quienes platican con las ánimas que pasan por la vida y han dejado sus pueblos fantasmas. El Lago también es para mí.


