¿Es tu vida como te la imaginabas? ¿Sabes cuál es tu misión? ¿Eres feliz?

Estas preguntas sería conveniente contestarlas en algún momento de la trayectoria vital para ponerse en camino de encontrar la felicidad y, ojalá, que lo hayamos hecho desde la adolescencia.

Así piensa el Dr. Arthur C. Brooks, quien imparte en la Universidad de Harvard una materia llamada “Liderazgo y felicidad”, la optativa más popular, por encima de las tradicionales.

Él arguye: “Enseño felicidad porque esa es la materia de la vida”.

Según su opinión, ser feliz implica tener equilibradas tres áreas o “macronutrientes”: gozo, satisfacción y sentido.

Relacionadas

El primero es el gozo (no confundirlo con el placer). El placer aparece, nos recompensa y se va. En cambio, el gozo involucra la capacidad de comprender lo que sentimos, darle un lugar y decidir qué hacemos con ello. No es solo una reacción: es una experiencia que integra la mente y la vida.

Brooks explica que el placer nace en el sistema límbico, mientras el gozo requiere también la participación de la corteza prefrontal, esa zona que nos ayuda a razonar, elegir y regular nuestra conducta. Disfrutar algo es agradable, pero convertir ese instante en una experiencia humana gozosa y plena exige conciencia, vínculos y memoria.

El placer puede ser una estación del camino, pero no el destino. Una vida organizada únicamente alrededor de la gratificación instantánea termina dejándonos agotados y vacíos. El gozo reúne placer, personas y recuerdos.

La publicidad lo ha entendido bien: por ejemplo, en los anuncios, la bebida casi nunca aparece sola sino rodeada de amigos, celebración y una historia que quisiéramos recordar. Lo que atrae no es únicamente el producto, sino la promesa de compartir la vida.

El segundo macronutriente es la satisfacción, esa alegría particular que sentimos al alcanzar una meta. No sabe igual lo que llega sin esfuerzo que aquello que nos obliga a perseverar, aprender y vencer alguna dificultad.

El logro adquiere peso cuando lleva detrás una historia de trabajo. Empero, aquí aparece una dificultad, y es que, a pesar de que se siente satisfacción, este sentimiento no se puede retener para siempre.

El cerebro se adapta. Lo que ayer parecía extraordinario pronto se vuelve normal y entonces empezamos a pedir más: otro reconocimiento, otra compra, otra meta, otro millón.

A esa dinámica se le llama adaptación hedónica: nos acostumbramos a lo bueno y volvemos al punto de partida. La satisfacción llega; lo que ocurre es que se escapa con rapidez si insistimos en alimentarla únicamente acumulando. ¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Brooks propone algo contracultural: prestar atención a nuestros deseos y aprender a querer menos. No se trata de abandonar la ambición ni de conformarnos, sino de impedir que cada conquista se convierta automáticamente en una nueva carencia.

Su fórmula es tan simple como desafiante: la satisfacción depende de lo que tenemos en relación con lo que deseamos. Tal vez vivir bien se parezca menos a llenar un lienzo y más a esculpir el mármol: quitar lo que sobra hasta descubrir la forma esencial.

El tercer macronutriente es el sentido. Efectivamente, lo que pensemos sobre esta interrogante será la respuesta inicial para encontrar el camino de la felicidad: “¿qué sentido tiene la vida?”.

Brooks propone acercarnos desde este ángulo: preguntarnos qué hace que una vida tenga sentido. Su respuesta combina tres elementos: coherencia, propósito y significado. Con otras palabras: ¿sé para qué me levanto cada mañana?, ¿reconozco que mi existencia importa más allá de mí mismo?

Dietrich von Hildebrand, el pensador alemán, afirmaba: “Es el corazón quien experimenta la felicidad, no el entendimiento ni la voluntad. Tener un corazón capaz de amar, de afligirse y conmoverse, es la característica más específica de la naturaleza humana. Una felicidad solamente pensada o querida no es felicidad. Esta se da en una experiencia afectiva”.