Nota del editor: La serie Boricuas en la Luna destaca las historias de los puertorriqueños que han extendido las fronteras de la Isla al establecerse por el mundo, cargando con nuestra bandera, cultura y tradiciones.

Como les ha pasado a muchas personas, Ashley Nova fue por primera vez a Alaska a probar suerte y ganar un poco de dinero en la industria del pescado. Sin embargo, lo que comenzó con un trabajo de temporada, se convirtió eventualmente en el lugar donde ha elegido vivir, si bien reconoce que el estado norteño es un sitio fácil para establecerse.

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Ashley nació y se crió en Santurce. A los19 años viajó por primera vez a trabajar a Alaska por tres o cuatro meses en la temporada de pescado, porque necesitaba dinero para tener transportación en Puerto Rico.

“Me tiré la primera temporada a trabajar. De hecho, fue mi primer trabajo también. Y ahí empecé a estar yendo a las temporadas de verano. Después fue 2019, 20, 21, y era todos los años que estaba yendo a todas las temporadas de pescado”, relató.

“Entonces, junto con mi pareja, decidimos quedarnos a vivir (allá) porque encontré una oportunidad de estudiar en la Universidad de Alaska”, agregó, explicando que la universidad le pagó el semestre porque eligió estudiar mecánica y era la única mujer en el salón de clases.

“Mi objetivo era, si iba a estudiar mecánica, poder entrar a las petroleras de Alaska, porque aquí te abre muchas puertas, y obviamente ganas mucho más (dinero). Y quería ganar más dinero. En vez de estar trabajando 16 horas en los pescados, podría ganar más dinero y hacer menos horas en las petroleras”, comentó.

Así las cosas, el año pasado fue el último en el que trabajó en los pescados y actualmente, a sus 29 años, una década después de aquella primera aventura en tierras polares, Ashley labora “en la petrolera bajo unos contratos”.

Ashley Nova, Boricua en la Luna, Alaska
Ashley Nova, Boricua en la Luna, Alaska (Suministrada)

Pero llegar a este punto no fue cosa sencilla. Del saque, admite que “el cambio ha sido bien fuerte”, aunque sostiene que “creo que nosotras hemos sobrevivido y hemos manejado las situaciones”.

Ashley indicó que se mudaron a “un pueblo remoto, ni siquiera es en la ciudad de Alaska (Anchorage)”.

“Está a cinco horas lejos de la ciudad. Y no hay latinos. Está super lejos. O sea, donde vivimos no hay McDonald’s, no hay Home Depot, no hay Walmart, no hay nada de eso. Está muy remoto”, aseveró, refiriéndose al pueblo costero de Valdez.

“Y es uno de los sitios donde más cae nieve en todo Alaska. Así que era bien fuerte”, agregó.

Considera que, para lograr ajustarse a la vida allí “siento que Dios tuvo que ver mucho con eso”.

Antes de llegar a tener una casa donde vivir, “empezamos en un carro, porque no teníamos donde rentar”.

“La renta era super cara, estaba en $2,200, $2,300 mensuales. Y nosotras no podíamos pagar esa renta. Empezamos en el carro. Después del carro empezamos a trabajar”, relató.

Para entonces, aceptaban realizar cualquier tipo de labores, pues “no nos molesta trabajar”, y terminaron haciéndolo en un hotel, cuya mánager supo de la situación que atravesaban y les rentó su barco. Allí vivieron por un año.

Su vida diaria, en ese remoto lugar, se limita básicamente en rendir un turno de 12 horas y regresar a la casa.

“Mi pareja está a punto de ser enfermera. Las dos decidimos dejar la vida de los trabajos de temporada de pescado porque queremos mejores sueldos y mejores beneficios y mejores oportunidades. Y hasta ahora ese es el plan, siempre tratar de encontrar mejores oportunidades. No somos conformistas”, aseguró Ahsley, quien se graduó allá de mecánica industrial.

Sobrevivir lejos de la familia

Lo más difícil de vivir en Alaska, al menos en su experiencia, aseguró que han sido dos cosas: “la parte económica, porque Alaska es un estado muy caro… y estar lejos de la familia”.

Sobre ese último aspecto, y cómo hacen para superar esa separación y la distancia, reveló que “siempre estamos en contacto con nuestras familias”.

Además, subrayó, “nuestros meses de visitar la Isla siempre son en diciembre. Ese es el tiempo que nosotras decidimos… trabajamos todo el año, pero ese es el tiempo que decimos, ‘ok, vamos a visitar a la familia, aunque sea una vez al año’”.

De paso, aprovechan que suele ser uno de los meses más fríos y vienen a gozar de las más agradables temperaturas del invierno en el trópico.

“Uno se pone bien triste ya cuando tiene que viajar ya para Alaska y soltar Puerto Rico”, admitió.

“Y prácticamente es lo mismo, porque vuelvo pa Alaska, sea en enero o febrero, y todavía la nieve sigue aquí. La nieve dura seis meses aquí”, agregó entre risas.

Además de la familia, admitió que extraña “el café, los dulces, las mallorcas, los helados de afuera”, entre muchas otras cosas, pues “el sazón, las carnes, todo el sabor aquí (en el estado) es muy diferente a la comida de allá de Puerto Rico”.

Tan es así que, con tal de tener algo que las reconecte a Puerto Rico y sus tradiciones, “nosotras guiamos cinco horas para ir a una tienda latina, para tener sabor de algo de nuestras raíces. Cinco horas tenemos que guiar para ir a una tienda que es dominicana, puertorriqueña y mexicana. Es una mezcla. Y a veces venden productos Goya. Y cuando nos da esos antojos de comida puertorriqueña, guiamos, compramos y cocinamos aunque sea un arroz con salchichas, habichuelas rosadas. Así que las cinco horas valen la pena”.

A pesar de las diferencias, asegura que el pueblo que viven, que es hogar de unas 3,000 personas donde “todo el mundo se conoce”, han sido bien recibidas.

“Aquí la mayoría de las personas son gente americana y me he sorprendido que nos han ayudado. Desde que nosotras llegamos, hemos necesitado así alguna ayudita, y ellos nos han ayudado bastante”, afirmó. “Y nosotras, dondequiera que vamos, tratamos de hacer las cosas bien, por las reglas, y tener una buena expectativa de nosotras”.

Agregó que “sí les da curiosidad de dónde somos. Nos preguntan de dónde venimos, nos preguntan por qué nos queremos quedar a vivir en Alaska. Y nosotras les explicamos”.

“Y pienso que, mientras nosotras estemos haciendo las cosas bien… ellos nos han tratado super bien. No hemos tenido ningún problema con sentirnos fuera de sitio. De verdad se han portado super bien con nosotras”, insistió.

Retomando el tema de las diferencias con Puerto Rico, recordó que allá en Alaska “son seis meses de sol, y seis meses de luna”.

“Así que, prácticamente, ahora mismo en verano, son las 9:00 de la noche y tú ves el sol como si fueran las 4:00 de la tarde. El sol se tarda mucho en ir, lo cual te puede confundir un poco. Pero cuando llega el invierno, que llegan los seis meses de invierno, eso te da una depresión, que si tú no estás acompañado, si eres una persona solitaria y vives en Alaska, de verdad que lo veo bien difícil.

“Por lo menos donde nosotros vivimos… casi todos los negocios cierran en invierno. Es un sitio donde la mayoría de las personas hace dinero los veranos y nada más. Entonces, lo único que está abierto es el supermercado, la licorería y la biblioteca, y más nada. Es lo único que está abierto. ¡Imagínate! La gente se queda su casa, tú no ves a nadie. No es para todo el mundo”, insistió.

Pero no todo es negativo, pues resaltó que otra gran diferencia con la Isla es la presencia de vida silvestre por doquier, incluyendo animales de gran tamaño.

“Una de las cosas maravillosas de vivir aquí es que te encuentras con la vida silvestre en todas las esquinas. La vida silvestre la tienes ahí al lado. Puedes encontrarte un oso, puedes ver cómo un águila se lleva un conejo, puedes ver muchos peces salmones en el mar, puedes ver alces”, comentó.

“Yo me he encontrado un alce. Cuando estás guiando tienes que tener mucho cuidado porque los alces se te cruzan en la carretera y puedes chocar con ellos. Y me ha pasado. Me he encontrado con osos también, osos marrones y negros”, agregó, aunque advirtiendo que “todos son agresivos. Tienes que saber tus límites. Sí, tú puedes tirar fotos, y hay gente que le da curiosidad, pero por eso le dicen animales salvajes, porque de verdad son peligrosos. Los alces atacan, los osos atacan. Y hay que tener conciencia de eso”.

“También hay nutrias en el mar. Hay focas. En mi trabajo hay muchas focas. Como si estuvieras yendo a Sea World, y las ves ahí todas acostadas, comiendo, un espectáculo totalmente gratis, sin pagar. Y las ves todos los días en la misma esquina”, agregó.

Mirando a largo plazo, Ashley reiteró que “queremos aprovechar las oportunidades que hay aquí en Alaska. Pero no es nuestro destino final. Queremos en algún momento volver a la Isla, invertir en la Isla, y retirarnos en el Caribe”.

Reconoció además que, “ahora mismo, no somos completamente felices aquí, pero estamos a punto de mudarnos a Anchorage, y vamos a estar más cerca de latinos, más cerca de población. Y pues ahora estamos contentas porque nos vamos a mudar”.

Comoquiera, Ashley aseguró que, con su experiencia, quiere ayudar a llevar el mensaje de que Alaska es mucho más que el trabajo de temporada en la industria de pescado.

“Quiero ayudar a la gente… como que yo recluto muchas personas para las temporadas de pescado, pero quiero enseñarles que hay mucho más que eso. Hay más oportunidades. Aquí las enfermeras cobran bien, los mecánicos cobran bien. Hay muchos programas gratis que le dan a la gente que quiere vivir en Alaska. No sé si sabes, pero para vivir en Alaska te pagan, te dan un dinero anualmente también”, sostuvo.

“Es un sitio donde hay más oportunidades exactamente por eso, porque casi nadie quiere vivir aquí. Así que hay que sacarle provecho a las oportunidades que ellos dan”, agregó.

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