Recientemente se celebró en California el Pebble Beach Concours d’Elgance, la exhibición y concurso de automóviles clásicos más prestigiosa del mundo.

Es un auto show en el que los más exquisitos coches clásicos de las colecciones más exclusivas del mundo compiten para llevarse el máximo premio del evento: el “Best of Show”.

Ganar el “Best of Show” en Pebble Beach, automáticamente, les dispara el valor a estos autos que ya de por sí son muy cotizados.

El evento se divide en 30 categorías y de cada una se selecciona un ganador. Luego, los jueces vuelven a inspeccionar cada uno de esos líderes de categoría y entonces seleccionan un máximo ganador de todo el evento. Ese es el “Best of Show”.

Relacionadas

El campeón de esta edición fue un impresionante Duesenberg SSJ Special Speedster de 1935 que cuando nuevo perteneció al actor Clark Gable.

Ahora bien, puede que les tome por sorpresa que en una ocasión el gran ganador fue un auto que originalmente era de Puerto Rico. Eso fue en la edición de 2013.

Todo carro antiguo tiene una tremenda historia y la de ese vehículo boricua fue un tortuoso viaje que comenzó en la riqueza, cayó en el abandono para luego retornar al lujo y la opulencia y, encima de eso, llevarse el máximo premio del evento de autos más prestigioso del mundo.

AQUÍ: Dale un vistazo a la competencia

Ese automóvil es un majestuoso Packard Twelve Dietrich Convertible Victoria de 1934 que un abogado puertorriqueño de nombre Ricardo Lacosta II, compró nuevo en Estados Unidos y lo trajo a la Isla. Tenía un gran motor de 12 cilindros.

Conoce la fascinante historia del Packard Twelve Dietrich Convertible Victoria de 1934.

En el Puerto Rico pobrísimo de los 1930, un Packard habrá sido inmensamente impresionante. Era de Detroit, pero Packard fue una de las máximas marcas de gran lujo en todo el mundo. Este ejemplar en específico era aún más exclusivo, ya que tenía una carrocería mandada a hacer a mano a una extinta compañía llamada Dietrich.

Al momento de ganar en Pebble Beach, el dueño era el juez Joseph Cassini III, de Nueva Jersey. Contó en aquel entonces que el auto permaneció en la familia de Lacosta por muchos años después de que éste falleciera. Pero, en un momento dado, fue cambiando de manos hasta que algún dueño posterior comenzó a utilizarlo como taxi.

Cassini relató que durante esa etapa, el Packard fue pintado en una horrenda combinación de rojo y anaranjado.

Conociendo muy bien nuestra cultura, me atrevería a decir que es muy posible que, en vez de taxi, el carro haya sido más bien un carro público, un “pisicorre” como se les decía. Y también, dando cuenta de la gran inventiva boricua, podría especular que cuando lo pintaron de rojo y naranja, lo hayan hecho a brocha. Les aclaro: no tengo conocimiento al respecto, pero conociendo a mi gente, pudo ser.

Por largos años, el pobre Packard boricua recibió el típico martirio de un carro público hasta que quedó inservible. De ahí en adelante, expuesto a lluvia, sol y sereno, su deterioro aceleró. El carro tocó fondo.

El comienzo de su salvación llegó en 1968 cuando un militar estadounidense asignado a la base Ramey se topó con los restos del vehículo en algún sector de Aguadilla. Lo compró y se lo llevó para Estados Unidos.

Luego fue a parar al estado de New Hampshire y fue vendido nuevamente, esta vez a alguien de Ohio. Todos los que lo compraron lo hicieron con la intención de restaurarlo (todos conocemos esa historia) pero dado lo decrépito que estaba, ninguno inició el proyecto. El paso del tiempo continuaba haciendo estragos con lo que quedaba del Packard.

Fue en 2010 que Cassini compró el auto y de inmediato ordenó su restauración la cual tomó tres años durante los cuales acumuló 10 mil horas de labor.

Pues así ocurrió my friends: restauraron el carro, lo llevaron a Pebble Beach, ganó en su categoría y les quitó el “Best of Show” a 29 otros autos provenientes de las mejores colecciones del mundo y se llevó el codiciado “Best of Show”.

Nada mal para un humilde pisicorre boricua, ¿no creen?