El autor de esta columna es periodista y conductor del podcast “Puestos pa’ la mañana” con Luis Herrero y Jonathan Lebrón.

Vamos a hacernos la pregunta que tiene a más de uno sin dormir: ¿Miguel Romero es invencible?

La semana ha estado movida para el alcalde. Continúa su guerra con la AAA por la crisis del agua mientras recibe rafagazos de opositores.

Después de una victoria que mandó a Manuel Natal al retiro político, las encuestas coinciden: Romero es la principal figura política de la Palma. Tiene estructura, dinero y una oposición que todavía no decide si quiere competir o comentar desde las gradas.

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Pero no todo es perfecto. Romero no ha convencido a un electorado exigente y diverso, que no compra el cuento de que San Juan está mejor con él. Entre el costo de vida, los alquileres absurdos y la falta de vivienda accesible, vivir en la capital es una prueba de resistencia.

Romero, sin embargo, no es tonto. Se puso más fit y lleva tiempo construyendo la imagen del alcalde “cool”. Apostó al deporte, lanzó una escuela de reguetón y hasta se puso las tenis de Bad Bunny, aunque algunos en su partido traten al artista como enemigo del Estado. Intentó hacer piruetas en lucha libre, terminó en la lona y luego hizo “push-ups” para demostrar que seguía ready. Los “popukids” salieron a sacarle punta al papelón.

El problema es que Romero parece tener techo de cristal político. Las cosas le rebotan. Mientras tanto, empuja medidas controversiales, como el toque de queda, bajo la promesa de poner orden. Sin embargo, la criminalidad continúa y los soldados del Romerato parecen fiscalizar más a pequeños comerciantes que a negocios conectados en zonas turísticas.

Entonces llegan críticas que parecen más chiquilladas que fiscalización.

¿Cómo se supone que la oposición se enchisme porque arregle aceras destruidas? Tampoco hace sentido atacarlo por intervenir en la crisis del agua cuando Café Regina lleva meses sin servicio. Mucho menos indignarse por ampliar el acceso al Escambrón para defender el supuesto valor histórico de las ruinas del Normandie.

Ahí está el verdadero problema: Romero ha aprendido a no caerle mal a demasiada gente al mismo tiempo. Sus adversarios hacen ruido, él sigue caminando y el ciudadano ve a un alcalde que hace algo.

Cualquier político es derrotable, pero para ganarle hay que subirle al juego. El mayor riesgo de Romero no son sus piruetas, sino su marca política: pertenece a un PNP que lleva décadas prometiendo una estadidad que no llega, mientras encarece la vida y desgasta el bolsillo de la gente.

Por ahí comienza una estrategia seria: no atacando la foto, sino conectándolo con el fracaso de su partido y con una ciudad cada vez más cara, desigual y difícil de habitar.