Captura de Maduro, copia al carbón de la caída de Manuel Antonio Noriega
Estados Unidos invadió Panamá y capturó al entonces dictador hace 36 años.

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Otro 3 de enero, pero de 1990, una intervención armada de los Estados Unidos terminó con el poder de otro dictador latinoamericano. Fue la caída del general Manuel Antonio Noriega, el hombre fuerte de Panamá durante una década, quien terminó ‘extraído’ por militares para ser procesado y, finalmente, condenado a varias cadenas perpetuas por ser una ficha clave del cartel de Medellín, en ese momento el más poderoso del mundo.
Ese día, a 1,545 kilómetros al occidente del Fuerte Tiuna, el gran complejo militar de Caracas donde ayer fue capturado el dictador Nicolás Maduro, Noriega se entregó a las tropas estadounidenses tras dos semanas atrincherado en la embajada del Vaticano. Fue el desenlace de una sangrienta operación militar que dejó al menos 2 mil muertos y que empezó cuando los cazabombarderos de Estados Unidos invadieron el cielo panameño el 20 de diciembre de 1989.
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La intervención combinada con miles de militares del Comando Sur que ya estaban en ese país, custodiando el canal, se dirigió sobre El Chorrillo, el bastión militar del poderoso general al que la gente llamaba ‘Car’epiña’, por las profundas cicatrices que le quedaron en la cara producto del acné juvenil.
De ser uno de los más valiosos activos –espías– de la CIA en América Latina en plena Guerra Fría, Noriega pasó a ser perseguido por Washington.
Tres décadas y media después, su historia se une a la de Maduro no solo por la coincidencia de la fecha, sino por los millonarios negocios que finalmente terminaron por ponerlo en la mira de la justicia federal y a pasar el resto de su vida detrás de las rejas; primero en Estados Unidos, luego en Francia y, en sus meses finales, en su país de origen. Allí murió el 30 de mayo de 2017. Contaba 83 años, de los que pasó preso 27 en celdas de máxima seguridad.
Dos años largos antes de la intervención en Panamá, en 1987, el narcotraficante Carlos Lehder, antiguo socio de Pablo Escobar, fue capturado y extraditado a Estados Unidos, donde fue condenado a 135 años de cárcel por ingresar cientos de toneladas de cocaína a ese país, una cadena perpetua que no se cumplió en su totalidad.
El año pasado, tras cuatro décadas, Lehder regresó a Colombia, un hecho que no habría sido posible sin la negociación a la que llegó con el gobierno estadounidense para declarar contra uno de los socios de la organización criminal, el dictador panameño Manuel Antonio Noriega, quien para esa época ya había perdido la indulgencia de la Casa Blanca y cuyos nexos con el narcotráfico eran conocidos por la opinión pública norteamericana. A ese testimonio posteriormente se sumó el de Guillermo Pallomari, contador del ‘cartel de Cali’.
Noriega, un exagente de la poderosa agencia de inteligencia CIA, llegó al poder tras el misterioso accidente aéreo en el que murió el general Omar Torrijos Herrera, en 1983, gobernando en cuerpo ajeno a través de Nicolás Ardito Barletta. Los seis años de Noriega estuvieron marcados por la corrupción, una de las similitudes que se le atribuye con el régimen de Maduro en Venezuela. Según el dosier en su contra, a finales de los 80’s, Noriega permitió y cobró a 1,000 dólares por kilo el paso de cocaína por el aeropuerto de Tocumen como escala a Estados Unidos.
“Es inevitable la comparación entre Noriega y Maduro, cuando hablamos de un régimen autoritario que anuló las garantías políticas de la oposición y que cayó en medio de una intervención militar de Estados Unidos. Pero hay más de una diferencia entre Panamá y Venezuela. En Panamá sobrevivía el régimen establecido por Torrijos, inspirado en ideas antiimperialistas y en el populismo de izquierda, pero desde 1983 controlado por Manuel Antonio Noriega, un militar que venía de ser informante de la CIA y que había apoyado a la administración de Ronald Reagan en sus acciones para desestabilizar el régimen sandinista de Nicaragua y la insurgencia en El Salvador. Son precisamente las acusaciones de narcotráfico contra Noriega las que acaban esta relación, en un contexto en el que la Guerra Fría está llegando a su fin y Estados Unidos encuentra en el narcotráfico su nuevo ‘enemigo global’”, le dijo a El Tiempo el historiador Felipe Arias.
Fue en plena Guerra Fría cuando Noriega, entonces jefe de inteligencia militar de Panamá, logró el beneplácito de Washington, que lo fichó para informar sobre los movimientos de la ola socialista y de izquierda que se propagaba en Centro y Suramérica. El general participó en operaciones clave como la financiación secreta, el entrenamiento y el abastecimiento del gobierno de Reagan a los rebeldes nicaragüenses que combatían para derrocar el régimen sandinista. “Eso fue comprobado no solo por la demanda de Nicaragua contra Estados Unidos en La Haya, sino también por el apoyo público que Reagan brindó a los Contras”, agregó Arias.
Noriega, que ya le había hecho encargos a la CIA en los años 70 dando información contra el régimen cubano, fue según Washington un aliado de Estados Unidos en la movilización de los ‘Contras’ en Centroamérica.
Por esta relación, Estados Unidos se habría hecho de la vista gorda cuando la prensa denunció los vínculos del aliado panameño con el sanguinario cartel de Medellín. No en vano, Noriega ha sido definido como ‘el hombre que sabía demasiado’, de las estrategias non sanctas usadas por la Casa Blanca en su esfuerzo por mantener fuera del hemisferio la amenaza comunista.
Lo que sabía —sumado al indefendible vínculo con las operaciones de tráfico de drogas y su deriva tiránica en el poder, que incluyó el asesinato y decapitación de su rival político Hugo Spadafora en 1985— hizo que el general Noriega se saliera del control estadounidense, generando una inestabilidad en la administración del canal, un punto geoestratégico clave para la región. Y, en 1989, Washington decidió invadir Panamá.
“Si bien este no fue un divorcio inmediato, dada la estrecha relación previa y el cálculo político de la Casa Blanca —para 1988 se avecinaba la elección de George Bush como presidente, exdirector de la CIA y número dos del gobierno Reagan—, previo a la invasión hubo negociaciones con Washington, la insubordinación de un sector de las Fuerzas de Defensa de Panamá y una sucesión de conflictos entre Noriega y los poderes civiles que, en el papel, gobernaban el país (aunque fueran puestos a dedo por el propio Noriega)”, afirmó el historiador Arias.
El 20 de diciembre de 1989 —a diferencia de lo ocurrido en la madrugada de ayer en Caracas— las fuerzas estadounidenses se enfrentaron a la resistencia del Ejército panameño y, durante dos semanas, hasta la entrega del dictador, se libró una guerra que dejó al menos 2,000 muertos, entre militares y civiles. Las autoridades panameñas declararon el estado de guerra exterior, ampliando los poderes de Noriega, quien se negó a dimitir tras negociaciones secretas en las que mediaron los gobiernos de Costa Rica, Venezuela y Colombia.
Según el presidente Donald Trump, la operación orquestada por unidades de la Fuerza Delta de Estados Unidos, que arrancó sobre las 2:00 a.m. con el bombardeo de al menos nueve bases militares en Caracas, logró la extracción “limpia” de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores.
“Su casa tenía puertas de acero y un espacio seguro con acero sólido por todas partes. Intentó entrar, pero lo atropellaron tan rápido que no lo logró. Estábamos preparados con sopletes enormes para atravesar el acero, pero no los necesitábamos”, señaló Trump.
En 1990, en medio de la ola de reacciones internacionales a la invasión, la OEA solicitó el retiro de Estados Unidos y la Asamblea General de la ONU la condenó por votación mayoritaria, lo que contrasta con el respaldo que tuvo entonces entre sectores de la opinión pública panameña —cuando aún no se conocían las denuncias de ataques indiscriminados contra la población civil, que hoy hacen que el 20 de diciembre sea considerado día de duelo nacional—.
En la invasión a Venezuela, los organismos internacionales también hicieron un llamado al respeto del Derecho Internacional y de los principios de la Carta de Naciones Unidas, en paralelo al alivio expresado por varios sectores mayoritarios de la población venezolana que, como quedó demostrado en la marcha opositora de hace un año, con María Corina Machado a la cabeza, se apartaron del chavismo.
Seis años antes de morir, el ya octogenario Noriega fue repatriado a Panamá. Estaba enfermo y no quedaban rastros de la altivez y la arrogancia de sus años como general. Regresó a su país para responder por el homicidio de Hugo Spadafora y del mayor Moisés Giroldi, así como por las desapariciones forzadas y otras violaciones a los derechos humanos cometidas durante su dictadura.
El 15 de febrero de 2017 fue operado de un tumor cerebral y falleció tres meses después, en la noche del lunes 29 de mayo, en el Hospital Santo Tomás de Ciudad de Panamá. Fue cremado en una ceremonia privada, sin honores de jefe de Estado, y sus restos fueron entregados en una urna a su esposa, Felicidad Sieiro de Noriega.

