De Carolina a Egipto: la historia de una boricua que cruzó el mundo sin dejar atrás sus raíces
La “Boricua en la Luna”, Natasha Flores, reconoce que ve el Nilo casi todos los días, “pero no es mi mar”.
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Nota del editor: La serie Boricuas en la Luna destaca las historias de los puertorriqueños que han extendido las fronteras de la Isla al establecerse por el mundo, cargando con nuestra bandera, cultura y tradiciones.
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Entre la aventura de asimilar el proceso de vivir en Egipto y adentrarse en su cultura, su gastronomía y su clima, a la puertorriqueña Natasha Flores Pedraza no le falta el sofrito. Tampoco, su afán de ser sociable y mostrar la calidez humana que distingue al boricua en cualquier rincón del planeta.
Ahora vive en tierra de faraones y pirámides. Pero extrañar a su Puerto Rico natal no comenzó con la mudanza al Nuevo Cairo hace cuatro meses junto con su esposo y sus tres hijas. Inició en su etapa de escuela superior cuando, con el aval de su madre, se fue a vivir con una tía residente en Florida para terminar su cuarto año y luego seguir estudios universitarios.
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“Aquí veo el Nilo casi todos los días, y es hermoso, pero no es mi mar. Aquí el sol calienta, pero no como el sol de mi isla. Tengo una vida llena, un esposo que amo, hijas que me enorgullecen, pero hay un pedacito de mi corazón que se quedó allá, en una playa, con 17 años, esperando que yo regrese”, confesó con nostalgia la gerente de recursos humanos, quien trabaja en modalidad remoto para la empresa familiar de su esposo, Mohamed Elgohary.
“He criado a mis tres hijas en otras tierras, y les he dado todo lo que tengo, pero hay algo que no he podido darles: despertar con el olor a café cola’o y a tierra mojada después de un aguacero, sentir la brisa del mar en la cara, saber lo que es pertenecer a un lugar desde la raíz”, sostuvo la menor de dos hermanas, natural de Carolina.
Natasha se fue a Estados Unidos por una temporada, con la intención de volver, como muchos otros puertorriqueños. Pero eventualmente, la cotidianidad la siguió amarrando a extender su estadía.
“Me fui porque yo quería estudiar acá. Para que la universidad te saliera a un costo distinto, tú tienes que hacer el año de residencia, así que mi mamá lo planificó todo perfecto en ese sentido, para ir a vivir a casa de mi tía en Kissimmee”.
Se graduó de Educación en la universidad, pero no lo ejerció. “Me di cuenta de que no me gustaba”, se sinceró. Durante unos años, trabajó en Orlando como representante de una famosa marca de moda.

Con el paso del tiempo, de una relación previa, nació Sophia. Sus lazos con Puerto Rico continuaron a través de viajes ocasionales y la comunicación constante con sus seres queridos.
Un amor que cambió su rumbo
A Mohamed lo conoció de manera casual en un restaurante en 2015.
“Él vivía para ese tiempo en North Carolina”. Llevaba cerca de cuatro años establecido en el Estado, tras su mudanza de Egipto para ejercer como CEO de la cadena de farmacias de la familia.
“Estaba de vacaciones con su primo, que estaba visitando de Egipto, y ellos dos se van a la Florida de vacaciones para visitar los parques (temáticos), para hacer todo eso”, detalló con entusiasmo sobre el recuerdo. “Era, literal, la mesa de al lado, él con su primo y yo con mis amistades del trabajo de ese tiempo”. La química los llevó a iniciar una relación a larga distancia.
“Él dijo ‘yo no me puedo ir para Florida, vamos a estar un año ‘back and forth’ a ver cómo va esto’. Y estuvimos un año viajando, un mes sí y un mes no. Él venía a la Florida, y yo iba a North Carolina”, destacó, y expuso varios de los atributos que la conquistaron del gerente financiero.
“Él siempre fue supercaballeroso, ‘old school’ en ese sentido. Su forma de ser me enamoró”, reveló con ilusión. La diferencia cultural no fue una barrera para que prosperara el amor, que utilizó el idioma inglés como intermediario.
“Todo fluyó bastante tranquilo porque su familia fue super ‘openminded’, con los brazos abiertos desde un principio. Obviamente, uno viene con estos estereotipos, te soy honesta, y yo decía ‘pero este muchacho no es como lo que uno ve en la televisión, o lo que uno lee’. Nunca fue así. Lo que sí noté desde un principio, que me hizo decir ‘this is the one’, él es el que yo quiero, es cómo él trataba a su mamá y a su hermana”, afirmó con énfasis sobre sus cualidades.
“A pesar de que no todos son iguales, en la cultura musulmana el hombre pone a la mujer en un pedestal, que mucha gente no se da cuenta de eso. Él siempre me dijo ‘mira, si tú no quieres trabajar o si tú no quieres hacer esto, mi trabajo como hombre es cuidar de ti, de la familia’. Él siempre fue así”.
A su vez, la personalidad vivaracha de la puertorriqueña fascinó al empresario. “Él dice ‘tú me has sacado a mí de mi ‘shell’ (caparazón). Él es introvertido. Si tú lo ves, es la persona más callada, más sencilla. Eso fue lo que como que nos conectó, el yin y el yang. Somos dos polos opuestos”.
Eventualmente, se casaron y Natasha se mudó con su hija a Waxhaw en Carolina del Norte. De la relación nacieron Lyla y Alia, de 6 y 4 años, respectivamente.
Un cambio de ambiente
La idea de mudarse fuera de Estados Unidos comenzó a cobrar fuerzas para el matrimonio el año pasado.
“Por el clima de lo que estamos viviendo en Estados Unidos, no estábamos felices. A pesar de que nada nos estaba afectando directamente, yo no soy persona de enterrar la cabeza en la tierra y decir ‘esto no tiene que ver nada conmigo, yo estoy bien’. No. Y más él, que es musulmán. Él siempre se sentía de una manera como que, van a ir detrás de mí, como que siempre estaba con esa ‘perse’, como decimos nosotros. Y decía ‘a mí no me gusta estar así, yo soy una persona honesta, esto no es justo’”.
El primer país que consideraron fue España.
“Los puertorriqueños podemos estar dos años y nos dan la ciudadanía. Habíamos hecho todo el ‘research’ e íbamos a hacerlo”, manifestó sobre la alternativa. Pero a nivel de finanzas, pagarían más dinero en impuestos que en Estados Unidos, lo que “no iba a ser la mejor elección”.
Mudarse a Egipto se convirtió en una nueva opción.
“Desde el 2018, yo estoy viniendo todos los veranos con él. Siempre venía por dos o tres semanas a ver a su familia, así que no fue como que un ‘shocker’ para mí porque ya yo conocía bastante”. Natasha le dio su visto bueno para dar paso a la mudanza, pero con varias condiciones.
“Le dije ‘vamos esperar a que las nenas terminen el año escolar’. Y mi hija mayor fue otro factor grande, porque había que esperar a que ella terminara (la escuela)”. En este sentido, para ambos era también importante que la adolescente de 16 años, quien cursaba décimo, se sintiera a gusto con la idea. “Ella fue la que nos dio la bendición, literal. Yo le dije, ‘Sofía, tú decides’, y ella me dijo ‘mamá, sí, vámonos’”.
Con Puerto Rico en el corazón
Lograron alquilar la casa de Carolina del Norte. En Egipto, decidieron rentar una residencia en el sector moderno del Nuevo Cairo, a una distancia aproximada de 40 minutos en auto, de la capital.
“Nos estamos dando tres años, porque tengo que dejar que mi hija (mayor) termine de estudiar. La mando a la universidad donde ella quiera. Ahora mismo todo es bello, precioso. Pero aquí las cosas no son blanco y negro”.
Contacto con sus raíces
Además de la barrera del idioma árabe, que no domina, está asimilar el distanciamiento a nivel social.
“Aquí es otro ritmo, otro mundo, otro idioma”, sostuvo pensativa. Si bien compara que “el egipcio y el boricua se parecen más de lo que uno cree”, en especial porque “la familia es lo primero, la comida nunca falta y todo el mundo habla superalto”, esto no resta que asome la añoranza por su terruño.
“Yo soy bien, bien social. Encuentro que nosotros los boricuas hablamos con quien sea”, afirmó con orgullo sobre la dinámica para conectar incluso con personas desconocidas. “Una de las cosas que extraño son los vecinos. Aquí yo encuentro que la gente es bien privada. En Puerto Rico tú estás hablando con la vecina, llegaste del trabajo y te la encuentras en la marquesina, y tú saludas, hablas, se ponen al día”.
En cuanto a delicias, el pan sobao lo extraña en grande.
“Aquí hay pan en cada esquina y es bueno, pero sobao no es”, acentuó. “Tampoco se consigue plátano. Hasta mi nena de 6 años me dice, ‘mamá, yo quiero tostones’, y yo, ‘mami, no hay. Yo te prometo que tan pronto vayamos para casa de abu, ella te va a hacer tostones’”. Desde ya, anticipa lo mucho que echará de menos los pasteles para la temporada festiva que se avecina. “Allá (en Estados Unidos) mi papá me los mandaba por FedEx”.
Además del idioma español, Natasha tiene muy presente seguir fomentado en sus hijas el amor por su herencia boricua. Uno de esos recursos es a través del sabor criollo.
“Cuando llegué, lo primero que hice fue ir al supermercado para hacer sofrito. No me quedó 100% como debe de ser, porque aquí no se consigue el ají pequeñito ni nada de eso, pero lo logré hacer y me quedó de show”, celebró con su natural jovialidad. De hecho, como parte de su equipaje en la mudanza, “me traje un ‘carry on’ lleno de adobo y sazón y especias que yo sé que aquí no iba a conseguir”.
La música ha sido otro vínculo para seguir en contacto con sus raíces. “Por la mañana, cuando estoy haciendo las loncheras, aquí se escucha Olga Tañón. Yo pongo a Bad Bunny. Y todas las canciones que mi mamá escuchaba cuando limpiaba los sábados. Para bañarme, para vestirme, para todo yo escucho música”.
Su forma de vestir ha conllevado un cambio. “A mí me gusta usar cortos (“shorts”). Nunca súpercortos, porque yo soy mamá, pero aquí no uso. Trato de usar pantalón largo. Pero eso yo diría que sería lo único de cambio (en vestimenta). Si tengo que usar mis ‘leggings’ para hacer ejercicio, yo los uso. Vivo en el Nuevo Cairo y aquí las mujeres son modernas, como si estuvieras en Estados Unidos”.
Presumir los encantos turísticos de Puerto Rico forma parte de su agenda dondequiera que vaya, incluso con la familia de su esposo.
“Él ha ido dos veces. Le he enseñado bastante la Isla, y él quedó enamorado”, sostuvo con énfasis.
“El año pasado logré llevar a mis suegros por primera vez, porque ellos estaban en North Carolina visitando, y tenemos vuelo directo hacia allá. Los llevé y también quedaron encantados. Ellos ni sabían dónde estaba Puerto Rico”.
La amabilidad de sus paisanos no la defraudó en el recibimiento del matrimonio egipcio. “Yo pensé que los iban a mirar raro, porque mi suegra usa su hiyab y todo eso, y honestamente, los puertorriqueños de verdad se botaron. A donde yo los llevaba, siempre se mostraban con esa la calidez”.
En su lista de aspiraciones, está aprender árabe.
Mientras eso ocurre a miles de kilómetros de distancia de la costa que la vio nacer, el orgullo de su crianza en “Tierra de Gigantes” seguirá siendo parte de su consigna, porque dentro de su esencia tiene claro que “uno puede vivir al lado de las pirámides, y seguir siendo de Carolina hasta la médula”.
¿Eres o conoces de algún boricua que vive fuera de la isla y quiere contar su historia? Escribe a historiasph@gfrmedia.com.


