A 48 horas de nuestra primera visita, volvimos a Verde Vieques, una comunidad anclada en terrenos que un día estuvieron ocupados por la Marina de Guerra y cuyas estructuras han sido construidas fuera de los estándares de seguridad, carentes de los servicios esenciales de agua y luz.

En esta ocasión el camino resultó más escabroso. También fue triste. La PR-200, al igual que todas las vías principales de Vieques, aunque transitables, tienen tramos que aún lo ocupan arbustos, troncos, tendido eléctrico, postes de madera, metal u hormigón; y trozos de madera que fueron llevados ahí a través de los intensos vientos.

En el camino se observó la destrucción del Hotel W, que había sido desocupado hace dos semanas, y de la histórica capilla que se convirtió en refugio de cientos durante la lucha de la comunidad viequense para sacar a la Marina. Contrario a la isla grande, Vieques no padeció de inundaciones por diversas razones, entre estas, que tras el huracán fue mínima el agua que cayó.

El colorido de Verde Vieques ya no era tan intenso. Solo unas pocas estructuras en madera quedaron en pie, aunque con algún daño en menor o mayor grado. La residencia de Héctor Olmedo, de 61 años, no recorrió la misma suerte. Tampoco la de Epifanio Rivera. En ambas, solo quedó firme el piso.

“Perdí todo, mira la nevera ahí, donde está; la estufa está allí y el televisor que tenía también lo perdí”, mencionó el hombre que se dedica a la construcción.

Fue el quién poco a poco y sin ninguna ayuda comenzó a construir la casita. Actualmente, intenta levantar una parte en cemento. “Yo solito la hice, buscando materiales de aquí y allá…ahora no sé qué pasará”, expresó el hombre que vive en Verde Vieques hace cinco años.

La casita era aproximadamente 12 x12. En ese espacio ubicaban una cocina, una cama y un sofá. También tenía un balcón en el cual se sentaba a observar la costa de Fajardo.

La vivienda de Carmen Román no sufrió daños, ya que logró hacerla en cemento. Su residencia previa, que ubicaba en el mismo terreno y era en madera, quedó en el suelo.

“Esas casas que eran nuevas, aquellas de la loma, no las habían habitado todavía y se fueron completitas. Gracias a Dios que no hubo muerte, porque la gente corrió, pero si se hubieran quedado, sí. Yo pasé Hugo y por eso te decía que sí temía”, expresó Carmen Román.

Dejamos atrás a Carmen y Epifanio con la esperanza de que estarán bien. Con la seguridad de que saldrán adelante y con la alegría de saber que estarán bien. Entonces pienso que, aunque podría sonar repetitivo, en estos momentos se refuerza el agradecimiento de que “tenemos vida y eso es lo importante”.