Me ha costado superar el “shock” que recibí cuando, hurgando en las redes sociales, me tropecé con una foto del exponente urbano Ozuna mostrando su nueva dentadura. Tuve que ampliar la imagen para ver bien qué era aquello que sobresalía entre colores y brillotines dignos de lo que en un tiempo se denominaba “bling bling”.

Entonces quedé espantada. Me estrujé los ojos y miré varias veces porque no podía creer que era nada menos y nada más que “La Última Cena”, la obra del laureado artista italiano Leonardo Da Vinci, instalada en una sola pieza y recreada en tamaño diminuto para que Jesús y sus apóstoles, hasta el mismísimo Judas, ocupara cada uno un diente.

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Pasé un buen rato pensando en lo que diría Da Vinci si viera su obra, la cual creó en el 1495, incrustada y rodeada de diamantitos en esa boca que, en condiciones normales para los mortales como yo, luce una sonrisa muy bonita.

Lo mismo me ha pasado con el estilo culibombesco que se ha puesto tan de moda entre algunas mujeres que gustan llevar sus pompis infladas, redondas y floripondias. No sé si la añadidura a sus carnes se ordena en la oficina del médico por libras o por pulgadas y mucho menos qué harán con ese culete cuando desfilen hacia la viejitud. Pasa como con los tatuajes. Hay quienes se tatuaron libélulas que ahora parecen gárgolas y hay quienes se hicieron dragones que ahora parecen lagartijos.

Ambas experiencias -ver los dientes y los culetes- me llevan a reflexionar sobre el valor del respeto, ejercicio que requiere intención y entendimiento para una sana convivencia basada en la aceptación de que cada uno de nosotros somos individuales y distintos, tanto en gustos como en pensamientos. Por lo tanto, cada cual tiene el derecho a pensar y lucir como quiera. El resto, o sea, nosotros, en vez de criticar, deberíamos hacer chitón y respetar lo que haga o diga cada cual, porque como dice el refrán, “para los gustos, los colores”.

Una de las definiciones de la palabra respeto -de la licenciada en Comunicación Isel Delgado- dice que “significa preocuparse por el impacto de nuestras acciones en los demás, ser inclusivos y aceptar a los demás por lo que son, incluso cuando son diferentes”.

Lo que pasa es que nos cuesta. Somos opinionados por naturaleza y bocones por deporte. No lo hacemos por mal, es nuestra naturaleza reaccionar ante lo que nos parece diferente. El cambio entre los gustos de las generaciones anteriores y las más jóvenes es tan abismal que se nos dificulta asumir los estilos nuevos, las formas modernas, las ideas distintas, los razonamientos individuales, todo lo que para nosotros es nuevo y que ellos lo trajeron de nacimiento como si fuera un “chip”.

Para vivir en una sociedad armoniosa y saludable hay que aceptar, tolerar, entender y comprender. Punto. Hacer la paz con que cada quien tiene derecho a expresarse. Claro, en tanto y en cuanto no se ocasione daño, y no se afecte negativamente a los demás.

Es un cuento de nunca acabar, una lección que debemos aprender todos de manera que podamos vivir en comunidad y no agarrándonos por los pelos. Nos guste o no, nos choque o no, nos parezca bien o no, Ozuna tiene derecho a su dentadura tallada y blinblineada y quienes quieran engrosarse los glúteos o cualquier otra parte del cuerpo, pues también.