Nutricionista explica en detalle las nuevas guías alimentarias
Conoce los cambios claves y las recomendaciones nutricionales

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La reducción sustancial de carbohidratos, el consumo de productos lácteos íntegros o enteros y la priorización de la ingesta de proteínas sobre otros alimentos, son algunos de los cambios presentados en las Guías Alimentarias para los Estadounidenses 2025-2030.
Se trata de una pirámide invertida que trastoca sustancialmente las recomendaciones nutricionales que precedieron durante décadas y que impactará, directamente, a gran parte de los programas alimentarios en Puerto Rico que reciben fondos federales, como Comedores Escolares, WIC, Head Start y el Programa de Asistencia Nutricional (PAN).
De acuerdo con la licenciada Vivian Rodríguez Mori del Programa Combinado de Nutrición de la Pontificia Universidad Católica, “estas guías se establecieron en 1980 y, en términos institucionales, buscan la prevención de enfermedades degenerativas, tales como enfermedades cardiovasculares, cáncer, sobrepeso, obesidad y diabetes”.
“Quién decide cuáles serán las guías o los ajustes a estas”, según la experta en nutrición y dietética, “es el secretario de Salud de los Estados Unidos, Robert Kennedy y, la secretaria del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, Brooke Rollins, alineados a la política pública del presidente Donald Trump”.
Cambios claves que presenta
Uno de los cambios drásticos en las guías actuales es que favorece el requisito de proteína que hasta el 2025 era de 0.8 gramos por kilogramo de peso para la población adulta. “Las nuevas guías lo modifican en un rango de 1.2 gramos a 1.6 gramos de proteína por kilogramo de peso”, casi el doble de lo recomendado anteriormente.
“Muchos profesionales de la salud consideran que no hay una base científica sólida para haber elevado el requisito de proteína a un punto tan alto. Sí era recomendable aumentar el consumo, pero no a esa cantidad”, admitió.
Otra modificación importante es la priorización de alimentos, es decir, aquellos en su forma natural o mínimamente procesada, como frutas, vegetales, carnes, huevos, pescado, legumbres, cereales de grano entero y productos lácteos, mientras se excluyen los alimentos ultraprocesados o altamente procesados.
“De manera general, un alimento ultraprocesado es aquel que, dentro de la lista de ingredientes que encontramos en el etiquetado de los productos, contiene más de cinco ingredientes en esa lista, sobre todo ciertos ingredientes que aparecen con nombres químicos y no son una descripción de los alimentos en sí que formen parte de ese producto. Los alimentos ultraprocesados se caracterizan por sus altos niveles de azúcares añadidas, grasas saturadas y trans, aditivos, preservativos, colorantes, saborizantes y muchos químicos”, detalló.
Según la experta, estudios científicos han evidenciado que el consumo de alimentos altamente procesados, puede aumentar la inflamación y, como consecuencia, contribuir al desarrollo de enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes, sobrepeso y obesidad.
Asimismo, otro de los elementos de la nueva propuesta es que las recomendaciones nutricionales deben ser individualizadas “y esto también es positivo”, dijo.
Mientras que, en los productos lácteos, como leche, yogur y queso, “durante los últimos 20 años se aconsejaba limitar el consumo de grasas saturadas. Sin embargo, las guías presentadas a principios de enero favorecen “el consumo de productos lácteos con el total de la grasa, lo que se conoce como un producto lácteo íntegro o entero”.
“Antes, se recomendaba que las calorías provenientes de grasas saturadas fueran menos del 10 %. La actual dice 10 %, igual que para las grasas monoinsaturadas y poliinsaturadas”, manifestó.
“Los alimentos no son ni buenos ni malos; aportan nutrientes. La grasa saturada no es mala. El problema es que un consumo excesivo de grasa saturada incide o promueve el desarrollo de las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, la diabetes y enfermedades de tipo inflamatorio”, resaltó.
De otra parte, el nuevo modelo también enfatiza la selección de productos con menor cantidad de azúcar añadida, estableciendo “5 gramos o menos”. La nutricionista aclaró que, por ejemplo, la fruta fresca tiene entre 15 a 20 gramos de azúcar por porción, pero esa azúcar no es la que causa daño; lo que preocupa es la azúcar refinada añadida durante el proceso en los productos ultraprocesados”.
“La leche, si es de vaca o de cabra, tiene 12 gramos de azúcar, como parte de su composición bioquímica y eso lo tiene naturalmente. Lo que hay que controlar es la azúcar añadida que la podemos encontrar, por ejemplo, en los yogures que vienen saborizados con fruta”, aseveró.
Igualmente, otro cambio relevante que ha causado un poco de revuelo “es la reducción sustancial en el consumo de los almidones, entiéndase -como arroz, pasta y viandas- de 7 a 11 porciones diarias a 2 a 4 porciones al día, priorizando que sean de grano entero”.
“Estos alimentos, si son de grano entero, son recursos de fibra. Una de las cosas que plantea la nueva guía es fortalecer la microbiota para reducir los problemas inflamatorios, controlar mejor el peso y mantener una salud general. Eso no es cónsono a que recomienda un número de porciones tan bajo de este grupo de alimentos”, esbozó.
Respecto al consumo de alcohol, “otro punto controversial”, las guías no establecen recomendaciones claras y, simplemente, exhorta a “consumir menos alcohol para una mejor salud”.
Entre los cambios positivos, “la nueva guía incluye recomendaciones específicas por grupos de edad -infantes, preescolares, niños, adolescentes, embarazadas, lactantes y adultos mayores- y hace algunas especificaciones sobre las dietas basadas en plantas, veganas, vegetarianas”, expuso.
No obstante, la licenciada Rodríguez Mori admitió que le preocupa que “esta nueva guía no toma en consideración aspectos de seguridad alimentaria ni de nutrición sostenible”.
“Es importante señalar que, para la protección del planeta y en términos del cambio climático, una tercera parte de los gases de invernadero se producen a través de los alimentos y, lo que más produce esos gases de invernadero es el metano que se genera en la producción de ganado vacuno que es la carne de res y la leche”, reveló.
Finalmente, enfatizó que el alto costo de las carnes y los productos frescos frente a los alimentos ultraprocesados puede generar desigualdad en la alimentación.
“Ahí incide el problema de la seguridad alimentaria. Si utilizo esto de base, los alimentos comenzarían a ser un símbolo de poder. El que tiene poder, tiene el control. Entonces, crearía una situación con poblaciones más vulnerables”, advirtió.
La autora es periodista colaboradora de Puerto Rico Saludable.

Este contenido comercial fue redactado y/o producido por el equipo de GFR Media.


