Hay un instante de absoluta quietud que Raymond Arrieta ha aprendido a atesorar: sentarse a contemplar el mar.

Porque frente al horizonte azul, donde las olas imponen el ritmo, el comediante logra despejar su mente y detener, por un momento, la velocidad vertiginosa con la que ha transcurrido su vida desde que en 1985 comenzó a hacer chistes para entretener a los asistentes que iban al programa “A millón”.

“Es lo que me da paz”, aseguró.

Y es que Raymond Arrieta ha estado en movimiento casi toda su vida.

Antes de los escenarios y los programas de televisión, estuvieron los deportes. Aunque dice, con la jocosidad que le caracteriza, que era un “comebanco”, practicó voleibol, baloncesto, natación y waterpolo.

“Fui un atleta frustrado toda mi vida”, confesó. “Pero siempre me he mantenido en el deporte”.

En aquellos años, seguía el consejo de su madre, Carmín Vázquez, quien le decía que “si se mantenía ocupado, no se pondría a hacer loqueras por ahí”.

Así que dividía su vida entre los deportes y las artes, que se le daban mucho mejor.

Hoy, con más de 40 años de trayectoria y más de 45 personajes creados y caracterizados, continúa vigente en la televisión boricua. Pero estar al frente de un programa como Raymond y sus amigos requiere una exigencia física extraordinaria.

Dos horas en vivo pueden convertirse fácilmente en cuatro de trabajo. Implican pasar de un personaje a otro, cambiarse de ropa en minutos, grabar segmentos, entrevistar, improvisar y sostener la atención de un público.

Y para eso hay que tener cuerpo.

“Tengo que estar en condición obligatoriamente para poder trabajar”, reconoció.

Pero con la adultez se pierde masa muscular y lo que antes podía hacer con facilidad ahora requiere más cuidado. Hoy camina, juega golf y hace pesas cuando puede. Y, sobre todo, procura mantenerse pendiente de su salud y visitar al médico.

Eso lo aprendió a cantazos durante la quinta caminata Da Vida a favor del Hospital Oncológico en 2012.

A pesar de que se preparaba haciendo kickboxing, el cuerpo cambiaba y no era el mismo.

Su madre le recalcaba: “Cógelo suave, que te vas a enfermar”, pero él “llevó el cuerpo al máximo”.

“Me subió la presión y tuve que detenerme. Me tuvieron que sacar y me metieron en el hospital para controlarla. No sabía si lo iba a poder completar”, rememoró. “Desde ahí, he estado con hipertensión. La tengo controlada, pero me asusté. Hay que tener cuidado”.

Sin embargo, para Arrieta existe una dimensión más profunda de todo lo que hace, un combustible que le toca la fibra.

Ese motor no es otro que la brújula moral heredada de sus padres, quienes le decían que debía ponerse al servicio de los demás, que tenía “que inventarse algo para ayudar a la gente”.

Así, los $19 millones recaudados para los pacientes oncológicos en las 16 ediciones no solo fueron una hazaña benéfica. “Esas caminatas me salvaron a mí la vida porque me han mantenido activo”. Como si al transformar el dolor de otros en esperanza encontrara su propia vitalidad.

Por eso, en un país donde el diario vivir a menudo se vuelve complicado, entre apagones, falta de agua potable y estrechez económica, él concibe su oficio como un bálsamo colectivo.

“Me gusta que la gente se ría, ver a la gente feliz”, puntualizó. Con eso, ya se siente satisfecho. “Me da energía”.

Lo hace siguiendo la máxima que aprendió de su maestro José Miguel Agrelot: “Rodéate de buenas personas. Y si el grupo triunfa, tú triunfarás”.

En todo ese proceso, Arrieta también comenzó a cuidar su mente. A no preocuparse por el porvenir, esa manía insana de anticiparse al futuro.

“He aprendido, poco a poco, a vivir el momento, el día a día”, destacó.

Hoy, Raymond Emilio Arrieta Vázquez dice que “se siente como un chamaquito”, que asume las cicatrices con serenidad, que ha “aprendido a bregar con el dolor del cuerpo, del corazón y de los golpes” que le ha dado la vida, como la reciente pérdida de su padre, Ramón Arrieta. Porque “no hay de otra. Hay que seguir hacia adelante. No nos podemos detener”.

Y la fórmula para hacerlo, para seguir en movimiento a sus 61 años, está en su propia esencia, en su familia, en su misión de ver a las personas sonreír. Porque, como aseguró, “la risa da salud”.

“El Late Night”: un regreso al origen

Como parte de esa constante renovación de energías, Raymond Arrieta regresa en noviembre a la raíz de su vocación artística con “El Late Night” en el Tropicoro del Fairmont El San Juan.

Con este espectáculo evoca, de manera simbólica, sus inicios, cuando, siendo estudiante, se presentó durante dos años en El Punto del Coquí, en el Viejo San Juan, con una banda, haciendo imitaciones, chistes y parodias.

“Estoy tan pompea’o y tan contento”, manifestó. “Regreso a hacer eso, a compartir con el público ahí cerca, hablar con ellos, pasar unas noches espectaculares”.

Producidas por Tony Mojena, las ocho funciones ya están sold out.

“Si no les gusta, pues se chavaron”, bromeó, como de costumbre. “Pero va a ser un ambiente bien chévere. Lo vamos a pasar brutal”.

El autor es periodista colaborador de Puerto Rico Saludable.