Vivir en modo alerta: el impacto de la incertidumbre permanente en el cerebro
Especialista explica cómo identificar los síntomas de la hipervigilancia y ofrece herramientas para recuperar el equilibrio

PUBLICIDAD
Los periodos prolongados de estrés, preocupación e incertidumbre pueden activar en el cerebro ciertos circuitos asociados a la supervivencia que mantienen al ser humano en modo de alerta constante, aunque no haya una amenaza real.
Esto genera dificultad para concentrarse, ansiedad constante, pensamientos catastróficos, irritabilidad, cambios de humor repentinos, sensación de inseguridad persistente y problemas para relajarse y conciliar el sueño.
Incluso aquellos que viven en estado de hipervigilancia llegan a experimentar síntomas físicos como taquicardia, fatiga crónica, hipersensibilidad sensorial y tensión muscular crónica, a consecuencia de la activación persistente del sistema nervioso simpático.
La psicóloga clínica Joanie Morales Santiago explicó que “estamos expuestos a tanta incertidumbre, desde cambios en nuestro mundo, la crisis económica, los fenómenos naturales y las enfermedades y situaciones que nos hacen sentir amenazados constantemente”.
“Esto le va dando información al cerebro y activando ciertos circuitos asociados a la supervivencia. Como resultado, la persona entra en estado de alerta, con la sensación de que algo le va a pasar y que tiene que cuidarse. Es una sensación de persecución, de peligro todo el tiempo”, señaló.
Según la doctora, “esto está asociado a la amígdala, la zona del cerebro que se encarga del miedo y el estrés”.
Igualmente, se vincula con la forma en que el cortisol “tiende a elevar la ansiedad cuando la persona percibe que está en peligro. Es como su modo de sobrevivir”.
Sin embargo, estar en alerta constante puede provocar que el individuo enfrente muchos problemas, entre ellos, dificultades en el aprendizaje e incluso en su capacidad para relacionarse con otras personas.
“Se convierte en un problema cuando la persona sigue validando constantemente esa alerta que tiene su sistema, hasta llegar al momento en que reacciona de forma espontánea”, expuso.
De hecho, algunas personas tienden a aislarse, pues piensan que es peligroso salir a la calle.
“Es como una generalización y ese es el peligro: a largo plazo, el cortisol sube y genera niveles altos de ansiedad, temor constante, aislamiento e inseguridad, más a largo plazo”, sentenció.
“Tenemos muchas personas con problemas de insomnio, ansiedad y dificultad para relajarse, porque tienen como prioridad todas esas situaciones que están surgiendo desde esa visión de túnel que se enfoca en todo lo que es peligroso, fatal o de cuidado y, a veces, vamos descartando otras experiencias que pueden ser muy agradables”, asintió.
De otra parte, destacó que la incertidumbre en los servicios de electricidad y agua potable ha acentuado la problemática en muchas personas que viven en modo de alerta constante, debido a que no pueden anticipar cuándo se quedarán sin los servicios básicos. Esto se debe a que “el cerebro empieza a generar esa respuesta de lo ya vivido y a llevarla al futuro como algo que va a suceder”.
“A largo plazo, esa incertidumbre sigue aumentando, activando todo lo que está relacionado con la amenaza. Por ello, la persona se pone ansiosa, no sabe qué hacer y sus recursos económicos siguen bajando porque hay que comprar gasolina para la planta; de este modo, la preocupación se sigue acentuando”, admitió.
“A veces, el cerebro sufre porque no sabe; la información que tiene es que todo está mal y va a seguir mal. Ahí se manifiesta un concepto que se conoce como la desesperanza, porque la persona lleva tanto tiempo en esa situación que entra a un modo de sobrevivencia, y esa desesperanza pasa a formar parte de la reacción emocional”, alertó.
Cuándo buscar ayuda profesional
Según la psicóloga clínica, es importante identificar las señales que estén afectando las funciones neurovegetativas, como el estado de alerta constante, problemas para dormir y concentrarse, fatiga mental, ansiedad general, poca tolerancia a situaciones menores, entre otras.
“Si tengo una preocupación y llevo dos o tres noches sin dormir, ya me está dando un aviso de que no estoy pudiendo resolver la situación. Ese patrón se asocia mucho con el estrés crónico, ese agotamiento y la persona siente que ya no puede más. Entonces, es momento de buscar ayuda”, advirtió.
Recomendaciones
Entre los consejos para atajar la problemática está trabajar en la flexibilidad cognitiva, a través de algunas preguntas orientadoras, tales como ¿Qué es lo mejor que puede pasar? ¿Qué trae esta situación a mi vida para aprender o reconsiderar ciertas cosas?
Esto se realiza para “romper un poco con esa visión fatalista, esa visión de túnel de que todo va a salir mal. Es hacerse la pregunta desde lo positivo o ver qué enseñanza trae esto”.
Igualmente, se aconseja aceptar la incomodidad y reconocer que no todo está bajo nuestro control.
“A veces se piensa que tener control es resolverlo todo, pero realmente no es así. Aceptar que no se tiene el control de muchas cosas nos libera de la exigencia de que todo esté perfecto. Es aceptar lo que se está sintiendo y reconocer que algunas cosas pueden controlarse y otras no”, reveló.
Otra recomendación es cambiar el foco de control, dividiendo las situaciones que afectan. Es decir, enfocarse en los aspectos que sí pueden resolverse y no mirar el problema como un todo abrumador.
Asimismo, sugirió “estar en el aquí y en el ahora, porque la incertidumbre está muy asociada con el pensamiento proyectado hacia el futuro”.
“Creo que el concepto de mindfulness ayuda a que el cerebro pueda reconocer este momento: ‘Estoy aquí, hoy, ahora’. Hay una situación hoy, pero en la medida en que reconozco que estoy aquí, hoy, puedo empezar a elaborar cómo se soluciona desde el presente”, apuntó.
La autora es periodista colaboradora de Puerto Rico Saludable.

Este contenido comercial fue redactado y/o producido por el equipo de GFR Media.


