Nota el editor: Esta historia forma parte de la serie Coge Calle por la Isla donde te presentamos los lugares turísticos en Puerto Rico que pocos conocen y que valen la pena ponerlos en calendario para visitarlos en algún momento.

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Humacao. Me adentré en una parte de Puerto Rico que no suelo ver. Me he acostumbrado a casas más humildes, carreteras con más boquetes.

Tal vez ya estaba escéptica cuando llegué al Bosque de Pterocarpus, que se ubica dentro de la urbanización Palmas del Mar, en Humacao.

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“¿Por aquí es que está el bosque?”, le cuestioné a la guardia de seguridad de la comunidad con un poco de incredulidad, quien afablemente me aseguró que iba por el camino correcto.

Llegué esperando embacharme los zapatos. Pero un sendero cementado me introdujo al Bosque de Pterocarpus.

Una pareja me llevaba la delantera, conversando y observando las flores de Ortegón que bailaban al son del viento. Una joven, luciendo un traje largo de flores y con un perfume dulce que anunciaba su presencia antes de que fuera vista, escribía en una libreta bajo la sombra de las Palmas Reales. Solo alzó la mirada para saludarme. Otro hombre se guarecía del sol en el gazebo, visitando páginas de redes sociales en su celular. A lo lejos se escuchaban los “diggers” y las máquinas que trabajaban en un proyecto de la urbanización de lujo.

Encontré la entrada del Bosque, que da acceso a 51 acres de un bosque pantanoso. Está debidamente identificada: “Palmas del Mar Tropical Forest”.

Majestuoso protector de pantanos

Con el primer paso que di sobre las tablas del paseo, me arropó el silencio reverente. Ahí, con el cielo opacado por los árboles y con el trino de aves endémicas de fondo, presencié el majestuoso Pterocarpus.

Al árbol se le llama comúnmente palo de pollo. Los científicos lo han bautizado Pterocarpus officinalis, del griego “ptero”, o alado como en pterosaurio, y “carpus”, que significa fruta. Es grandioso, mide hasta 131 pies y su diámetro puede llegar hasta 90 centímetros.

Esas tierras húmedas, así como las de la Reserva Natural Efraín Archilla Díez, fueron drenadas hace varias décadas para sembrar caña, y, luego, para el desarrollo urbano. Ese “desarrollo” alteró el balance del ecosistema, casi eliminando el Pterocarpus.

Los visitantes pueden acceder a información del lugar a través de un código QR.
Los visitantes pueden acceder a información del lugar a través de un código QR. (Suministrada)

Desde 2011, el bosque está protegido por la organización sin fines de lucro Para la Naturaleza, que se asegura de que el pantano, inundado de agua dulce, viva y forme parte del 1% de los humedales que cubren el territorio de nuestra isla.

Este ser también nos da vida. Es refugio para la garza oscura, la tórtola cardosantera y aliblanca, el bobo menor, el zorzal pardo, el zumbador crestado y el zumbadorcito de Puerto Rico, la pizpita de mangle, el carpintero de Puerto Rico, la yaboa común y el falcón. También de la reinita, del lagartijo jardinero común, de la salamanquita y hasta de la araña plateada.

Sus raíces, gigantescas y estrechas, penetran tan solo unos centímetros en el fango, en un ambiente carente de oxígeno. Se erigen en un ambiente en el que muy pocos árboles podrían sobrevivir. Es símbolo de adaptación, resiliencia.

Estas mismas raíces son como esponjas que reducen el impacto de inundaciones severas durante lluvias fuertes. Almacenan agua dulce, manteniendo también su calidad.

A sus alrededores también crecen el helecho gigante de pantano, el bejuco leñoso, la orquídea africana, la palma real y el Ortegón.

“Hoy día, bosques como este representan uno de los últimos refugios para este árbol tan valioso como impresionante”, lee uno de los letreros de Para la Naturaleza.

Una nueva era

Se ha dicho por siglos que el hijo no llevará el pecado del padre.

El drenaje de los humedales dejó una cicatriz en nuestro medioambiente. Sin embargo, las generaciones posteriores han asegurado que el Pterocarpus respire en un refugio limpio, sereno.

Visítalo, apoya el esfuerzo monetariamente, si es posible. Pero protégelo, respétalo, tal símbolo de resiliencia.