Nueva York. De Manatí a Cooperstown.

Este domingo se cerró un círculo en la carrera deportiva del exjardinero central Carlos Beltrán, al convertirse oficialmente en nuevo miembro del Salón de la Fama del Béisbol con la celebración de la ceremonia de exaltación.

Un mar de aficionados, pintado por secciones con los colores de la bandera puertorriqueña, enmarcaba el escenario principal por donde desfilaron los tres miembros de la Clase 2026: Jeff Kent, Andruw Jones y el boricua Beltrán.

El manatieño sacó una bandera de Puerto Rio durante su discurso.
El manatieño sacó una bandera de Puerto Rio durante su discurso. (Ramón “Tonito” Zayas)

Y los vítores y aplausos no se hicieron esperar cuando la presidenta de la junta de directores del Salón de la Fama, Jane Forbes Clark, presentó al puertorriqueño para un vídeo introductorio.

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Luego invitó a Beltrán al podio, donde el comisionado de las Grandes Ligas Rob Manfred leyó el resumen que lleva la placa que se colocará esta misma noche del domingo en la galería de inmortales del Museo, y que futuras generaciones de aficionados podrán leer para conocer su historia.

Acto seguido, Forbes Clark le dio una sortija conmemorativa que lleva su apellido, su año de exaltación y la posición que jugó, el jardín central, dándole así la bienvenida oficial al histórico recinto, al igual que hizo primero con Kent y luego con Jones. Beltrán entró con la gorra de los Mets de Nueva York.

Antes de hablar de béisbol tengo que decir que detrás de cada jugador hay mucha gente. Antes de hablar de béisbol quiero hablar también de gratitud. Ningún hombre puede conseguir algo por sí solo”, expresó el puertorriqueño luego de algunas palabras iniciales agradeciendo a los ejecutivos del Salón de la Fama, y un saludo a sus compañeros de la Clase 2026.

Pero en su discurso las palabras más cargadas de sentimiento y emoción fueron las que pronunció a sus padres Wilfredo y Carmen, y a sus hermanos Wilfredo, Marie Liz y Liz Marie, sentados en primera fila de frente a la tarima.

Empero, también incluyó un momento jocoso cuando agradeció a su madre, entre otras cosas, por los chancletazos que le dio cuando era pequeño.

“Quiero tomar una oportunidad para decir unas palabras en español para mi papá... mami y papi”, dijo.

Papi, mami, bendición. Gracias por darlo todo por nosotros. Por asegurarse de que creciéramos en una familia con mucho amor y cariño. Papi quiero darte las gracias por enseñarme el valor del trabajo. Te veía salir muchas veces de casa, cansado, pero nunca te vi quejarte”, dijo logrando contener sus emociones.

“Mami, gracias por hacer de nuestro hogar un espacio seguro”, prosiguió.

Ese mensaje a sus padres trajo a la memoria cuando en 1971, luego de ganar la Serie Mundial con los Pirates de Pittsburgh y de ser declarado Jugador Más Valioso de ese clásico, el puertorriqueño Roberto Clemente pidió hablar en español antes de iniciar una entrevista en inglés que se transmitía en vivo por televisión nacional.

Treinta y un años han pasado desde su debut como profesional en las ligas menores en 1995 con la organización de los Royals de Kansas City, cuando apenas tenía 18 años.

Pero, mucho más tiempo ha transcurrido desde que dio sus primeros pasos en el béisbol, siendo apenas un niño en los barrios Cantito y Boquillas, así como en Tierras Nuevas, en Manatí.

Nadie hubiera imaginado, ni siquiera su familia, que el chiquito que pedía a su papá Wilfredo que le pitcheara con aquella bola de goma en el patio de la casa, y que en ocasiones sacó hasta la calle, estaría llegando al recinto de los inmortales a sus 49 años de edad en 2026.

En 150 años de historia, desde 1876, solo 1% de los jugadores de Grandes Ligas llegan a ser reconocidos como los mejores de todos los tiempos. Y entre ellos hay seis puertorriqueños, ahora con Beltrán, quien fue exaltado exactamente 53 años después del reconocimiento póstumo y la ceremonia de 1973 en que Roberto Clemente fue exaltado tras su trágica muerte meses antes, el 31 de diciembre de 1972, al caer al mar el avión en que llevaba suministros a las víctimas de un terremoto en Nicaragua.

Orlando “Peruchín” Cepeda (1999), Roberto Alomar (2011), Iván Rodríguez (2017) y Edgar Martínez (2019) completan la lista ahora.

Distintas figuras del béisbol asistieron a Cooperstown para celebrar la exaltación del puertorriqueño junto a Andruw Jones y Jeff Kent.

Siempre representé a mi isla. Representé a las distintas organizaciones con las que jugué pero también representaba siempre a Puerto Rico”, agregó Beltrán provocando aplausos de los fanáticos puertorriqueños, quienes antes de su discurso, mientras Beltrán posaba para las fotos con la placa, comenzaron a gritar y corear el estribillo “yo soy boricua, pa’ que tú lo sepas”.

Beltrán como pelotero que debutó en Grandes Ligas al final del siglo pasado, en 1998, cierra también un ciclo en lo que respecta a la historia de los puertorriqueños en las Mayores, pues aunque al final de la década de 1990, coincidió con la cepa más brillante que ha tenido el béisbol boricua.

Una época de oro que inició desde finales de los 80 y que explotó a su máximo esplendor durante los 90. Entre ambos decenios coincidieron cantidad y calidad pues solo en esos 20 años llegaron a las Mayores 106 puertorriqueños nacidos en la isla de los cuales 48 tuvieron carreras brillantes de 10 años o más en las Grandes Ligas.

Y justo de esa cepa, es que salieron cuatro de los seis inmortales puertorriqueños del béisbol: Alomar, Rodríguez, Martínez y Beltrán.

Todavía hay candidatos de esa época dorada como Carlos Delgado (jugó de 1993 a 2009) que son considerados con opciones de entrar en algún momento, aunque por vía del Comité de la Era del Béisbol Contemporáneo, que en diciembre pasado lo incluyó en su votación, quedándose corto por solo tres votos de ser exaltado en esta misma Clase 2026 junto a su compadre Beltrán.

Delgado fue precisamente una de varias figuras del béisbol puertorriqueño que estuvieron presentes para apoyar al manatieño este domingo, junto a Rodríguez, y otros exjugadores como Eduardo Pérez y Carlos Baerga.

En los días previos a la exaltación el apoyo masivo de fanáticos puertorriqueños se anticipaba con las demostraciones que hubo desde el viernes, cuando varios boricuas de la isla y de la diáspora llegaron hasta el centro de Cooperstown para visitar el Museo del Salón de la Fama y caminar por la calle principal, algunos vestidos con el ‘jersey’ de los Mets con el número 15 y el apellido Beltrán en su dorsal.

En la antesala, el sábado durante la parada de los inmortales del Salón de la Fama, otro mar de banderas se movió como olas ante el paso de Beltrán, por lo que ya se esperaba el apoyo masivo de hoy.

Dos mil setecientos veinticinco hits (2,725), 435 cuadrangulares, 1,587 carreras empujadas, 1,582 anotadas, 312 bases robadas, 565 dobletes, bateo vitalicio de .279, y un porcentaje de embado de .350 de por vida, resumen solo una parte de su grandeza como jugador.

Aparte de un 70.0 de WAR que lo colocan como uno de los más grandes jardineros centrales en la historia del béisbol, y uno de los mejores bateadores ambidextros, como lo demuestra el hecho de ser el único con la combinación de más de 400 cuadrangulres y más de 300 bases robadas.

Otros dos antes lo antecedieron en la ceremonia de hoy, el también exjardinero central curazoleño Andruw Jones, recordado mayormente por su carrera con los Braves de Atlanta, y el otrora segunda base Jeff Kent, de quien Beltrán fue brevemente compañero en 2004 cuando los Royals lo cambiaron durante esa temporada a los Astros de Houston, antes que el manatieño abriera en grande los ojos de toda la afición y de todo el béisbol con una sensacional corrida de playoffs, disparando ocho cuadrangulares con 14 carreras empujadas, 21 anotadas, seis bases robadas y promedio de bateo de .435.

Los ochos cuadrangulares de Beltrán empataron en ese entonces el récord para una sola postemporada que poseía Barry Bonds.

Posterior a esa actuación Beltrán firmaría como agente libre un contrato récord para esa fecha para un puertorriqueño, por siete temporadas y $119 millones con los Mets de Nueva York, donde pasó sus mejores años y tuvo sus mejores logros, como tres Guantes de Oro y dos Bates de Plata.

Y fue en representación de los Mets que decidió hacer su entrada al Salón de la Fama, aunque jugó a lo largo de 20 temporadas para otros seis equipos.