El reloj marcaba los últimos instantes del tiempo añadido. Los jugadores de Croacia celebraban lo que parecía ser el empate ante Portugal en un dramático cierre el jueves. Pero la euforia duró apenas unos segundos. Tras la revisión, el gol fue anulado por fuera de juego, una decisión que desató protestas en la cancha y una oleada de preguntas entre aficionados menos familiarizados con el fútbol.

No fue el único tanto invalidado durante el encuentro. Pero fue el último que hubiera enviado el juego a tiempo extra. Fue así el que marcó, con toda seguridad, la despedida del croata Luka Modric del escenario mundial y le dejó a Cristiano Ronaldo al menos un día más en cancha en el escenario.

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La sucesión de anulaciones convirtió el partido en un recordatorio de una de las reglas más complejas del deporte y, al mismo tiempo, una de las más importantes para entender cómo se juega.

El fuera de juego o hombre adelantado —conocido en inglés como offside— no busca castigar al atacante por estar cerca de la portería rival. Su propósito es evitar que un delantero permanezca “acampado” junto al arco esperando un pase fácil para anotar.

En términos sencillos, un jugador incurre en fuera de juego si, en el momento exacto en que un compañero le pasa el balón, se encuentra más cerca de la línea de meta rival que el balón y el penúltimo defensor, y además participa activamente en la jugada. El portero suele ser el último defensor, pero no necesariamente; por eso la regla habla del penúltimo defensor.

La clave está en el instante del pase, no cuando el futbolista recibe el balón. Un delantero puede correr varios metros y marcar, pero si salió antes de tiempo, la jugada queda invalidada.

Diferente al baloncesto

Una comparación con el baloncesto ayuda a entender la lógica. Así como existe la regla de los tres segundos para impedir que un jugador permanezca estacionado debajo del aro esperando un pase, el fuera de juego evita que un atacante pase largos periodos junto a la portería rival esperando una oportunidad clara de gol. La diferencia es que, en el fútbol, el criterio depende del momento en que se realiza el pase y de la posición relativa de los defensores.

Otra forma de compararlo al básquet es que en el fútbol no existen las güiras. Es decir, no hay permiso para que un canastero se vaya corriendo y reciba un largo pase que supera a todos los defensores y ponga una bandeja solo en el aro. De hecho, tampoco hay porteros, o tal vez mejor dicho arqueros, en el básquet.

Sin esa limitación, el juego cambiaría radicalmente. Los equipos podrían dejar permanentemente a uno o dos delanteros cerca del arco contrario, obligando a los defensores a retroceder constantemente y reduciendo el espacio para construir jugadas en el mediocampo.

La regla existe desde los primeros años del fútbol organizado. Cuando la Football Association codificó las primeras reglas en 1863, el fuera de juego era mucho más estricto: cualquier jugador situado por delante del balón quedaba automáticamente fuera de la jugada, una disposición similar a la que todavía existe en el rugby.

Con el paso de las décadas, las autoridades entendieron que esa interpretación frenaba demasiado el ataque. El cambio más trascendental llegó en 1925, cuando se redujo de tres a dos el número de defensores que debían estar entre el atacante y la línea de meta. Esa modificación incrementó considerablemente la cantidad de goles y dio paso a un fútbol más ofensivo.

Posteriormente se añadieron otras aclaraciones para distinguir entre un jugador que simplemente está adelantado y otro que realmente interviene en la acción. Hoy, un futbolista solo es sancionado si participa en la jugada, interfiere con un rival o obtiene una ventaja de su posición.

Transformado por el VAR

En los últimos años, sin embargo, el debate ha cambiado de protagonista. La llegada del Video Assistant Referee (VAR) transformó la forma de aplicar el fuera de juego.

Antes, los árbitros asistentes debían tomar decisiones instantáneas mientras seguían la carrera de los atacantes y la trayectoria del balón, lo que hacía inevitables algunos errores humanos. Ahora, las cámaras permiten revisar la acción cuadro por cuadro y trazar líneas digitales para determinar si un jugador estaba adelantado incluso por unos pocos centímetros.

Ese nivel de precisión ha generado nuevas controversias. Para algunos, el VAR garantiza justicia al eliminar errores evidentes. Para otros, termina anulando goles por diferencias prácticamente imperceptibles que no representan una ventaja real para el atacante.

Precisamente esa discusión resurgió tras el duelo entre Croacia y Portugal, cuando el gol que parecía significar el empate fue invalidado después de la revisión tecnológica. Aunque para muchos aficionados la decisión resultó frustrante, la aplicación respondió a un principio que ha permanecido en el reglamento durante más de un siglo: impedir que un atacante obtenga una ventaja indebida por su posición al momento del pase.

Aficionados croatas lanzan botellas y latas a la cancha tras la invalidación de un gol de su país durante el partido de dieciseisavos de final ante Croacia en Toronto, el jueves 2 de julio de 2026 (Sammy Kogan/The Canadian Press via AP)
Aficionados croatas lanzan botellas y latas a la cancha tras la invalidación de un gol de su país durante el partido de dieciseisavos de final ante Croacia en Toronto, el jueves 2 de julio de 2026 (Sammy Kogan/The Canadian Press via AP) (Sammy Kogan)

La polémica del duelo también puso de relieve que el VAR ya no depende únicamente de las imágenes de televisión. En la jugada del gol anulado a Josko Gvardiol en el tiempo añadido, la revisión giró en torno a una pregunta: si el delantero croata Igor Matanovic había alcanzado a desviar el balón con la cabeza antes de que este llegara al autor del tanto. Ese contacto era determinante porque cambiaba el momento desde el cual debía juzgarse la posición de fuera de juego.

Tras revisar las imágenes en el monitor, el árbitro noruego Espen Eskas anuló el gol apoyado en la información suministrada por el balón oficial del torneo, que incorpora un microchip con una unidad de medición inercial (IMU). El dispositivo detecta cualquier contacto con el balón y envía los datos al sistema de videoarbitraje en tiempo real, permitiendo establecer con precisión el instante exacto en que se produce un toque. Esa información se combina con las cámaras que rastrean la posición de los 22 jugadores para determinar si un atacante estaba adelantado en el momento preciso de la acción.

La tecnología no sustituye el criterio arbitral, pero sí reduce el margen de error. Si en los primeros años del VAR las decisiones dependían principalmente de la interpretación de las repeticiones y las líneas trazadas sobre la imagen, hoy los árbitros cuentan además con datos generados por el propio balón. Para algunos, ello representa un avance hacia decisiones más justas; para otros, abre el debate sobre si el fútbol debe resolver jugadas decisivas por contactos imperceptibles al ojo humano, como ocurrió en el dramático desenlace entre Croacia y Portugal.

En un deporte donde un solo gol suele decidir partidos, campeonatos e incluso títulos mundiales, esa línea —a veces visible solo gracias a la tecnología— puede marcar la diferencia entre una celebración inolvidable y un tanto que nunca existió.

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Esta historia fue desarrollada con la ayuda de herramientas de inteligencia artificial.