Buenos Aires, Argentina. Ha hecho falta un Mundial de Fútbol para convertir un remoto archipiélago, donde hay más ovejas que personas, en un gigante cultural.

La decisión de unos jugadores de la Selección de Argentina de desplegar una pancarta sobre las disputadas Islas Malvinas tras derrotar a Inglaterra en las semifinales del Mundial llevó una causa histórica a las camisetas, las paredes de las habitaciones y los perfiles de Instagram de una nueva generación.

En las semanas transcurridas desde entonces, la imagen que ha perdurado del torneo en una Argentina loca por el fútbol no ha sido la de Lionel Messi. Ha sido la pancarta pintada a mano en la que se leía: “Las Malvinas son argentinas”.

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El archipiélago del Atlántico Sur, conocido en Argentina como las Malvinas, es objeto de disputa entre Argentina y el Reino Unido, países que libraron una guerra de diez semanas por dicho territorio en 1982.

La pancarta desató una auténtica fiebre comercial en Argentina, apareciendo en pegatinas, bolsos de tela, zapatillas deportivas, obras de arte y camisetas de fútbol. Se colgó en bares, se pintó en las paredes del metro y se tatuó en pantorrillas y antebrazos. Miles de argentinos descargaron “Malvinas Sans”, una tipografía inspirada en las letras pintadas a mano de la pancarta. Por todo el país surgieron coloridos murales de las islas y de veteranos de guerra.

“El Mundial ya ha terminado, y sin embargo la gente sigue hablando de las Malvinas porque, de alguna manera, las Malvinas se han convertido en parte del Mundial”, afirmó Edgardo Esteban, escritor y veterano de la guerra. “Los niños en los colegios me preguntan: ‘¿Qué es eso de las Malvinas?’. Ahora se está produciendo un relevo generacional".

De un trauma reprimido a símbolo del Estado

Ninguno de los jugadores argentinos había nacido aún cuando la dictadura militar del país invadió las Malvinas en 1982, y se mantuvo en el control de las islas durante 73 días antes de que las fuerzas británicas las reconquistaran en una guerra en la que perdieron la vida 649 soldados argentinos y 255 británicos.

Pero crecieron en un país atormentado por la humillación de aquella desastrosa invasión, considerada por muchos como un intento desesperado de ganar popularidad por parte de la debilitada junta militar que cayó un año después. A medida que Argentina se recuperaba del trauma de la brutal dictadura, muchos veteranos y familiares de los reclutas fallecidos en la guerra sintieron que sus sacrificios habían quedado relegados a un segundo plano por una democracia incipiente que buscaba distanciarse de aquel desastre.

“Como veteranos, durante mucho tiempo nos hemos sentido silenciados, olvidados y marginados”, afirmó Esteban.

Hizo falta un Mundial diferente para romper ese silencio. Cuando Argentina se enfrentó a Inglaterra en los cuartos de final en Ciudad de México en 1986, el gran futbolista argentino Diego Maradona marcó dos goles —incluido su famoso gol con la mano, conocido como la “Mano de Dios”—, que dedicó a los fallecidos en la guerra y del que dijo que era una venganza por las Malvinas.

A lo largo de las décadas, la reivindicación de Argentina sobre las islas quedó consagrada en su Constitución. Las Malvinas aparecieron en las señales de tráfico. Cada año, los dirigentes del país rinden homenaje a los caídos en la guerra con ceremonias de ofrenda floral.

Las islas, situadas a 480 kilómetros (300 millas) de la costa argentina, albergan a unas 3,600 personas, aproximadamente 450,000 ovejas y más de un millón de pingüinos, según datos del Gobierno.

Argentina reclama las Islas Malvinas porque cuando se emancipó de España en el 1810 heredó los dominios del Virreinato del Río de la Plata, que incluían el archipiélago administrado antes por España. En la década de 1820, el gobierno argentino instaló autoridades, izó su bandera y nombró gobernadores en las islas.

No obstante, los británicos alegan que las Falkland Islands son su posesión basándose en su derecho de autodeterminación, su ocupación histórica anterior a la creación de Argentina y la administración pacífica del territorio por casi dos siglos. Argentina apunta que Reino Unido tomó por la fuerza a las Malvinas en 1833.

Una actuación atrevida desata una oleada de críticas

Antes de la semifinal de este año contra Inglaterra, la ministra de Seguridad argentina, Alejandra Monteoliva, advirtió a los aficionados que no se permitirían pancartas con motivos relacionados con las Malvinas dentro del estadio, debido a la prohibición de la FIFA sobre los mensajes políticos.

Mientras los jugadores argentinos salían corriendo al campo para celebrar su victoria, los aficionados lanzaron al terreno de juego lo que parecía ser una sábana blanca. El centrocampista Giovani Lo Celso la desplegó para revelar el mensaje pintado a mano con grandes letras negras: “Las Malvinas son argentinas”. Sus compañeros Cristian Romero y Lisandro Martínez le ayudaron a desplegar la pancarta ante las cámaras de televisión y los aficionados que vitoreaban.

Tras el partido, políticos y aficionados británicos recurrieron a las redes sociales para expresar su enfado, lo que contribuyó a amplificar una oleada de publicaciones en línea que criticaban tanto a Argentina como a su selección nacional, según indicaron los investigadores digitales.

El miércoles, la FIFA sancionó a la Federación Argentina de Fútbol por el hecho de que los jugadores mostraran la pancarta.

La “fiebre de las Malvinas” se apodera de Argentina

En Argentina, la pancarta causó sensación, haciendo que muchos se olvidaran tanto de la decepción por la derrota del equipo ante España en la final como de la avalancha de comentarios hostiles.

“A pesar de no haber ganado el torneo ni de haberse llevado el trofeo a casa, todos y cada uno de los jugadores fueron recibidos como héroes populares”, afirmó Juan Rattenbach, un experto político argentino especializado en las Malvinas.

Iván Marcasiano, de 36 años, es propietario de una imprenta de Buenos Aires que ha tenido dificultades para satisfacer la demanda desmesurada de camisetas estampadas con los jugadores sosteniendo la pancarta.

“Los jugadores tuvieron el valor de desplegar en el campo una bandera que a los aficionados se les había prohibido llevar al estadio. Ese gesto, que demostraba que son los argentinos de a pie quienes deben llevar adelante nuestras reivindicaciones, caló hondo entre los jóvenes”, afirmó Marcasiano.

“Llegaron a un público que quizá nunca antes hubiera participado en este tipo de activismo o de conmemoración histórica”.

Cuando Marcasiano se ofreció en Instagram a estampar la imagen en las camisetas de la selección argentina de los aficionados de forma gratuita, 3,500 personas —desde adolescentes hasta veteranos de guerra— se presentaron en su tienda en un solo día, según contó.

Cuando la cultura pop se cruza con la política

Aún no está claro si el revuelo en torno a las Malvinas es una obsesión pasajera o un indicio de un resurgimiento duradero de la causa política.

Los activistas se han apresurado a aprovechar el impulso. Están invocando la soberanía nacional para movilizar a la oposición contra el programa de libre mercado del presidente libertario Javier Milei, que incluye una legislación que flexibilizaría las restricciones a la propiedad de tierras por parte de extranjeros en Argentina.

Sin embargo, los expertos señalaron que el verdadero impacto político podría ir más allá de Argentina: dar a conocer a decenas de millones de espectadores de todo el mundo una disputa sobre un archipiélago que pocos habrían sabido localizar en un mapa. Las búsquedas globales en Google sobre las Malvinas se dispararon un 2.400% tras la semifinal de Argentina contra Inglaterra, según Google Trends, lo que supone el mayor aumento en el interés de búsqueda desde que la plataforma comenzó a recopilar datos.

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Esta historia fue traducida del inglés al español con una herramienta de inteligencia artificial y fue revisada por un editor antes de su publicación.